Sí¸definitivamente sí, con toda claridad y sin matices estoy rotundamente a favor de la independencia. Sabemos los equívocos semánticos y las limitaciones de esa palabra-trampa (o palabra-bomba atómica que diría el ministro Margallo metiendo las narices exteriores en la cuestión doméstica). Digámoslo pronto: la independencia no existe, es una quimera; pero aceptemos a efectos dialécticos que los Estados (otra cosa distinta son los pueblos que los habitan, no confundamos) aspiran, declaran y proclaman su independencia con más desvergüenza y desparpajo que un concursante de Gran Hermano.

Oficiada por tiros y troyanos la ceremonia de la confusión, yo también me apunto a la independencia: pero la que de verdad me gustaría, y por la que estoy dispuesto a derramar ni una sola gota de sangre, de la sangre fenicia, romana, sueva y mora que corre por mis venas, es la independencia de España.

El Estado español no tiene independencia económica ni jurídica ni política ni energética ni ecológica ni alimenticia ni mucho menos militar. En todas esas cuestiones vitales somos un país dependiente, invadido, usurpado, colonizado.

Somos dependientes militarmente de la OTAN que decide qué, cómo y cuándo se gasta, y cómo y dónde se invade: ¿acaso podría España decidir “unilateralmente” (ahora que está de moda la palabreja) invadir Gibraltar o recuperar un solo centímetro del sagrado territorio nacional? Ni de coña.

No nos autoabastecemos en alimentos ni en energía, pero sobre todo somos drogodependientes en nuevas tecnologías: las divinas multinacionales gobiernan nuestras vidas cotidianas, del PC al smartphone y del cine al macdonalds, pasando por el 90% de los youtubes que ven nuestros adolescentes 24 horas al día.

En economía y finanzas, España tiene menos competencias que Arizona o cualquier otro estado federal USA, con competencias plenas para decidir su IVA, su IRPF o si aplica o no la pena de muerte. España, sometida a la legislación europea, y al rígido rescate ordenado en el MoU (Memorandum of Understanding, la soga del ahorcado que firmó Rajoy) ni siquiera puede modificar el IVA cultural. La soberanía monetaria hace tiempo que la ventiló el Banco Europeo; en cuanto a la financiera, todo cuanto se dice de Cataluña si le cortan los grifos del mercado es aplicable a nuestro decrépito Estado, enchufado a la manguera del dinero internacional como un moribundo a su máscara de oxígeno. Baste decir que la deuda bruta externa, según datos del Banco de España, está en 2,48 billones de euros [la más alta de nuestra historia, gracias a Rajoy], lo que representa un 235% del PIB. Con esta hipoteca, que no podrán pagar nuestros nietos, ¿alguien sostiene que somos un país independiente?

Las principales decisiones que afectan a nuestras vidas, a las de nuestros hijos, a nuestra convivencia y futuro, no se toman en Moncloa, donde sobrevive un simulacro de Gobierno de Plasma: el gobierno real son los G7, G20, la UE, la Eurozona, el IBEX35 y la Bolsa de London. Dragui Rex. Merkel dura lex, sed lex.

¿Dónde está la independencia que no la veo por parte alguna? La “libertad de un Estado que no es tributario ni depende de otro”, dice la RAE, y henos aquí al Estado español tributario de la gran banca mundial, de la UE, de USA y CHINA, y de los grandes acreedores financieros de los expresos internacionales.

No discutiré nuestro glorioso pasado ni lo buenos que somos como país, paisaje y paisanaje, los primeros en trasplantes y en fútbol, líderes en toros y procesiones; nuestra autoestima individual y colectiva no está en discusión; pero como Estado somos una mierdecilla invadida de facto por el capital extranjero, colonizada cultural y tecnológicamente por productos, subproductos y marcas de multinacionales, y en política tenemos un Gobierno servicial y sumiso, arrodillado a los pies de quien de verdad manda.

Por todo esto, de verdad me gustaría que España fuera algún día un Estado independiente. A ver si arreglan lo suyo los escoceses y los catalanes y consiguen emanciparse –no de Reino Unido ni de España, sino de todo lo demás–, y seguimos su ejemplo.

Otra opción es que apartemos esa quimera y comencemos a hablar todos y todas de cómo organizar de un modo más justo, equitativo y solidario la interdependencia, el mestizaje, la economía del bien común y la convivencia en la Hermana Tierra.

@ValentinCarrera
Imagen: Declaración de Independencia de EEUU en 1776