Escribir el obituario de un amigo es la tarea más triste como periodista y es, al tiempo, un momento íntimo de reflexión, algo más que un homenaje público, un abrazo personal, un abrazo de gratitud por todo lo que el amigo ausente nos ha regalado durante tantos años con generosidad y afecto: una vida. Por eso, hoy —mejor que un obituario— quiero escribir este bio-tuario en recuerdo de Aniceto Núñez, fallecido al anochecer del 22 de enero de 2026 en la ciudad de Pontevedra, que escogió para vivir feliz y, al fin, descansar.
Aniceto Núñez García (Cacabelos, 1940), catedrático de Filosofía, político, ensayista y filósofo, profesor en los institutos Ramiro de Maeztu de Madrid, Gil y Carrasco de Ponferrada y Alfonso II de Oviedo. En 1976 cambió la enseñanza por la política educativa, como delegado provincial del Ministerio de Educación y Ciencia en Pontevedra y Salamanca. En 1985 se incorporó a la empresa Constructora San José, de la que fue delegado en Andalucía y Portugal. De su paso por la política en Coalición Galega, será recordado como el Conselleiro de Educación de la Xunta de Galicia que creó las Universidades de Vigo y A Coruña.
Quienes le conocimos de cerca, le recordaremos siempre como un gran conversador, ameno, inteligente, agudo, respetuoso, demócrata y progresista hasta la médula, un verdadero filósofo y un sabio, ahora que nadamos en tanta basura; alguien con criterio para separar el trigo de la paja, para diagnosticar los males de nuestra sociedad, para observar y analizar los qué y los por qué de la existencia, así de las grandes cuestiones como de las pequeñas cosas.
Para explicar nuestra larga y entrañable amistad, debo mencionar algún detalle personal pues le conocí con catorce años en el instituto de Ponferrada donde don Aniceto era un jefe de estudios atípico. En aquel final del túnel franquista, Aniceto hablaba con los alumnos de tú a tú, dinamizaba y dinamitaba la vida cultural de la ciudad desde el cineclub en el que vimos Ciudadano Kane, el neorrealismo italiano o Bergman. Para situarnos mejor en el contexto: años 70, aún vivía Franco y dos o tres policías secretas vigilaban el cine fórum cada sábado. Una tarde me invitó en secreto a la proyección clandestina de Acorazado Potemkin, privilegio que nunca olvidaré. Este era don Aniceto.
Recuperamos la relación en su segunda patria chica, Pontevedra, en un despacho de Constructora San José: “No me pase llamadas, por favor”, pidió a la secretaria y, desconectando del mundo y sus negocios, se puso a hablar conmigo de los Diálogos de Platón, en los que era especialista. Me fui de allí con su libro Los mitos en Platón (2007) y una impagable lección de filosofía.
Su pasión como novelista-filósofo alcanzó el cénit cuando publicó Atardecer en Atenas (Ir Indo, 2008), donde reflexiona sobre nuestros problemas contemporáneos en un diálogo de ida y vuelta, Antigüedad/actualidad, desde Pericles a Bush y la guerra de Irak, construido con los mimbres del pensamiento clásico, fruto de un profundo conocimiento de los filósofos griegos.
De nuestra complicidad —para mi fue siempre el profesor, un padre intelectual, pero nunca me trató como alumno— surgió un viaje al sur de Francia, buscando las huellas de los cátaros, que inspiró su libro Las palabras ardieron en la hoguera (editorial Raíces), un alegato contra el dogmatismo y la intolerancia, porque Aniceto era esencialmente un pensador libre, defensor de la convivencia y la tolerancia entre los distintos, como acredita su cuarta novela filosófica, Toledo siglo XII: la ciudad del saber (ediciones Almed), sobre el fecundo encuentro de las tres culturas, judía, árabe y cristiana, en el Toletum medieval.
Libros de una lucidez insólita, escritos sin más artilugios que la pluma y el papel, sin borrador previo, salvo aquel que la mente de Aniceto elabora y macera despacio en las bodegas del cerebro, tras muchas horas de lectura y muchas más de reflexión, para destilar sus manuscritos con una caligrafía impecable, sin apenas tachaduras.
Como nunca abandonó las raíces bercianas, vino después la novela histórica Prisciliano del Bierzo, donde por supuesto demuestra, o casi, que Prisciliano pudo nacer en la villa romana de Cauca, es decir, Cacabelos. La afición de Aniceto Núñez por el estudio de los herejes — Prisciliano, cátaros, árabes o judíos— acredita su carácter heterodoxo, inconformista, crítico, analítico, racional. Por eso me he atrevido a llamarle «Sócrates berciano», conversador generoso, profundamente enamorado de su familia, en especial de esa preciosa nieta peruana de la que me hablaba emocionado, que le dio tantas alegrías, y que hoy llora, como todos nosotros, su ausencia.
Los amigos de la Tertulia del Blanco y Negro le recordaremos siempre por su bondad e inteligencia, por su palabra certera y el silencio respetuoso de quien sabe escuchar. Un sabio ateniense que, en palabras de su hija Elena, “nos ha enseñado que la diversidad es maravillosa, que la discrepancia es la sangre de la democracia, que vivir en tolerancia es la única forma de vivir y que el pensamiento único es la ausencia de todo pensamiento”.
De eso nos habla en sus libros: de algo tan actual y terrible como el desprecio a las leyes del estado y de la destrucción de las leyes entre estados, como diagnostica con rigor y clarividencia en Atardecer en Atenas, un clásico que hoy comienzo a leer de nuevo en homenaje a Aniceto Núñez.
Quienes le queremos y quienes hemos aprendido tanto de su magisterio, lloramos su ausencia, pero “nos queda la palabra”; en este atardecer triste en Atenas, Cacabelos, Sevilla y Pontevedra, nos quedan tus palabras: gracias, Aniceto.


