Dice mi ordenador, que es quien lleva la cuenta, que este es el artículo número 40 desde que comenzó en La Nueva Crónica la andadura del blog Arriba las ramas: cuarenta semanas abriendo esta ventana de los lunes para ventilar las estancias cargadas de malos olores y respirar juntos aire limpio. Como la semana ha sido intensa, me permitirá, señor director, que hoy evite los crematorios y los temas escabrosos, y rinda un pequeño homenaje a las almóndigas.

—¿Quieres llevar unas albóndigas? —me asalta mi madre, con el táper en la mano. La pregunta es retórica pues da por hecho que me las voy a llevar: mientras el descensor baja los seis pisos verticales, pienso cómo es posible que mi madre tenga siempre albóndigas en la nevera, o un botillo o dos botes de pimientos. Da igual que sea Nochebuena o Jueves Santo, “¿Quieres llevar unas albóndigas?”.

Cosas de las madres de antes —las inventoras del desdoblamiento lingüístico, “ni carnaval ni carnavala, ponte a estudiar”—, porque ahora yo no conozco ninguna madre joven que haga albóndigas. Si acaso un wok de verduras con pan integral, parece el menú de doña Letizia.

Total, que yo iba ocupado con dos carteras de mano: en la derecha, el pijama y el chupete; en la izquierda, el ordenador y los documentos; y con las prisas, mi madre metió las albóndigas en el primer maletín que pudo; y bajando como les decía las seis plantas, me miré en el espejo del descensor y me pareció ver reflejada la cara de don Antonio Odriozola, un sabio.

Don Antonio, de origen navarro, fue el bibliófilo más erudito de su tiempo; investigador en el Museo de Pontevedra, creador de los concursos y fiestas de la camelia: una persona tan querida en Pontevedra que décadas después de su ausencia sus amigos lo seguimos recordando con verdadero cariño y respeto.

Don Antonio salía de casa cada mañana con una camelia en el ojal y dos carteras de mano: en una llevaba los documentos, sus abigarradas notas a lápiz, incunables, manuscritos, facsímiles. En la otra, metía bolsitas con huesos para sus perros. Al acabar la jornada en el museo, hacíamos una ronda de tazas, cuncas o chiquitas —eso requiere una tesis doctoral—, en compañía de amigos como el artista orensano Pepe Conde Corbal, ¡con quien tanto hemos querido!

Odriozola y Pepe —y yo como un eterno aprendiz bebiendo su sabiduría a sorbos— amaban tanto el arte y los facsímiles como el ribeiro, y en el breve tramo que va de la plaza de la leña a la plaza de la verdura, hacíamos un vía crucis con ocho o diez estaciones: el Rianxo, el Chiruca…., y en cada estación, además de confesar y comulgar, le daban a don Antonio una bolsita con huesos y sobras de comida, que Odriozola guardaba con mucho mimo en el maletín derecho.

A partir de la sexta taza, cunca o chiquita ribeirana —cuando mucho ribeiro se hacía con uva del Bierzo que transportaban regueros de camiones, recién vendimiada—, don Antonio Odriozola tenía cierta tendencia a confundir los maletines, y un día por otro, metía la comida del perro entre las páginas de un Flos sanctorum del siglo XII o unas costillas de cerdo chupadas entre las láminas de las cantigas de Alfonso X. ¡Qué mejor compañía!

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