Mi más sincera enhorabuena sin rodeos a Alberto Núñez Feijóo, por su rotundo éxito personal ganando en Galicia la tercera mayoría absoluta consecutiva para un Partido Popular en horas bajas. No hemos escuchado esta felicitación, clara y elegante, en boca de sus rivales.

Mi más sentido pésame a las izquierdas gallegas (En Marea-Podemos, PSOE y BNG) por su rotundo fracaso por enésima vez consecutiva, en un escenario político estatal que no hubiera podido ser nunca más propicio y tan desaprovechado. Tampoco hemos escuchado una autocrítica profunda sobre las razones del reiterado fracaso de las izquierdas, ancladas en el cainismo, escenificando una y otra vez La vida de Brian.

Cuando en diciembre pasado Rajoy perdió la mayoría, algunos furibundos periodistas de cámara riñeron en público a los electores: ni entonces ni ahora comparto esa prédica. Los electores aciertan: en Galicia hay 676.676 personas (47,5%) que han escogido continuidad y seguridad frente a incertidumbre. La conquista del cielo tendrá que esperar.

Otra cosa es que tengamos ley electoral tramposa, voto cautivo, abuso institucional y democracia clientelar de baja intensidad. Las elecciones gallegas dejan una lección terrible: al PP la corrupción se la suda. No le cuesta ni un solo voto: en Galicia incluso ha ganado 15.395 votos. Sí, el partido de Bárcenas y de Rita, de Rato y de la Gürtel, ha convencido a quince mil gallegos y gallegas más de que es su mejor opción. El dato es muy grave: ¿va a seguir la izquierda desorientada durante los próximos cuatro años sacando la foto de Feijóo con Dorado en 1995, amortizada por los electores, mientras se subasta sotto voce Autopistas del Atlántico o renovará el argumentario?

Los miles de horas dedicados a la corrupción del PP por un par de televisiones y muchos medios con intereses cruzados se la fuman al PP de Mariano. En caso de terceras elecciones el 18 de diciembre, Rita Barberá no le costará a Rajoy ni un solo voto; todo indica que recuperaría alguna de las tres millones de ovejas descarriadas.

Por tanto, las elecciones gallegas del 25S dejan tres datos: un PP gallego rocoso y exultante, centrado en la persona de Feijóo; una izquierda dividida, desorientada, de nuevo sin líderes y sin proyecto común, incapaz de seducir ni siquiera a los suyos; y la constatación otra vez de que el PP es inmune e impune electoralmente a la corrupción, con todas las derivadas éticas y sociales que de esta náusea se derivan.

Por último: ha nacido una estrella en el firmamento español. Por mucho que se resista como gato panza arriba, Mariano Rajoy (a quien Feijoo ha escondido y esquivado durante toda la campaña) tiene las horas contadas. Podrá ser cuestión de semanas o de meses: depende más de la eficacia de la quinta columna felipista que de sus propios méritos, pero Rajoy es el pasado y todos lo saben.

El futuro se llama Alberto Núñez Feijóo, quien subrayó anoche su compromiso con Galicia, y añadió un pucherito de lágrimas que sonaban a despedida. Si su Majestad el Rey le convocara a la Zarzuela para salvar a España, todos comprenderíamos el inmenso sacrificio que tendría que hacer, dejando su querida Galicia, “la más alta responsabilidad y honor de su vida”, para emprender el incierto camino de sacar a España del tremendo lío en el que nos ha metido su compadre Mariano.

Hasta Pedro Sánchez, abatido por el fuego cruzado dentro y fuera de las trincheras de Ferraz, no podría negar su abstención a un rutilante Alberto, recién bendecido por esa mayoría absoluta que es la envidia de todos los presidentes y candidatos estatales o autonómicos. Él, Alberto Núñez Feijóo, es el futuro presidente de España. Ha nacido una estrella.

Ilustración: Cartel de la película A star is born (1937).

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