Conservo un libro de la infancia, Cien figuras españolas, impreso en 1962 con el nihil obstat del obispo de Burgos, precio 30 pesetas. Entre las cien figuras ejemplares, aparece el héroe leonés Alonso Pérez de Guzmán, bendecido por el Rey de Castilla como el Bueno por la proeza de arrojar su propio puñal para que ante su vista degollaran a su propio hijo, al pie de las murallas de Tarifa.

Si lo de Viriato y Jesucristo invita a una relectura políticamente correcta (dos fuera de la ley desafiando el orden legal, y ya dijo Soraya que “la ley es la ley y hay que cumplirla”), lo de Guzmán es un secuestro con chantaje, de los que hemos sufrido cienes a manos de ETA o las FARC. Ahora, los terroristas de Boko Haram tienen a doscientas niñas nigerianas secuestradas, pero no hay noticia de que sus padres o el Presidente de Nigeria hayan ido corriendo con sus cuchillos para que sean degolladas.

Cualquier padre bueno, o simplemente normal, hubiera intentado otra solución antes que la bravuconada de Guzmán. Podemos comprender al pobre Abraham a punto de apuñalar a su hijo: a fin de cuentas obedecía órdenes de un Dios algo sádico. Pero Guzmán no escuchaba voces, que se sepa. Y tampoco el general Moscardó, que seis siglos después repitió la historia con su hijo Luisito en el alcázar de Toledo.

Cuando conté la hazaña de Guzmán a mis hijas, al pie de la estatua que señala a los forasteros “si no te gusta León, ahí tienes la estación”, Alicia se plantó en jarras y, midiéndome de arriba abajo con sus ojos de miel, disparó a bocajarro:

—¿Tú no harías eso, verdad?

Como un rayo de luz, la pregunta de Alicia iluminó los armarios con olor a naftalina y un soplo de sentidiño barrió esas figuras ejemplares bíblico-franquistas: tristes modelos que pasaban por ser dignos y buenos sacrificando sus hijos “por Dios y por España”.

No hay dios ni patria que merezcan la muerte de un niño. Más les hubiera valido pasar a la historia salvando a sus hijos del horror, como hoy queremos que se salven las niñas de Nigeria. La diferencia es que Abraham, Guzmán y Moscardó son patrañas, pero los fanáticos de Boko Haram matan de verdad.

La Nueva Crónica, 25 de mayo de 2014