Hace pocos días pregunté a Suso Granados, su compañero de partida, ¿qué tal va Geluco? Suso, que es médico, resumió así, desde su afecto que sé profundo:

-De ánimo, está muy bien. Sigue fumando…

Todos tenemos nuestra hora y nuestro último pitillo: “De estas calles que ahondan el poniente, una habrá (no sé cuál) que he recorrido ya por última vez, indiferente y sin adivinarlo…”, escribió Borges.

En la ausencia de Anxo Guerreiro, “para siempre cerraste alguna puerta y hay un espejo que te aguarda en vano”, quiero evocar todas las puertas que Anxo deja abiertas y el espejo limpio en el que mirarnos de su vocación, de su ejemplo y de su trayectoria, tan discutida como intachable.

Su biografía navega ya en la Wikipedia: las crónicas dirán mañana que fue político de raza, el mejor orador que pasó nunca por el Parlamento Galego, periodista brillante o analista sagaz. Sus artículos deben ser leídos como modelo de precisión y claridad de juicio.
Podría evocar, con los amigos compartidos, tantas risas, tantas horas de tertulia, noches enteras apasionadas, y aún la conversación se retomaba incesante al despertar, con el primer café y el primer pitillo, con la misma pasión y libertad. Si algo aprendí de Geluco, de su mundo, es el inmenso valor de la palabra, de hablar con libertad y sin miedo de la divino y de lo humano, sin censuras, sin imposiciones: es el ejercicio más profundamente democrático.

La palabra: una vez dimos juntos un mitin en Luou. Uno pone en su currículum diplomas, títulos y gilipolleces académicas, Inútil cum laude: ¡confundimos tantas veces las cosas que verdaderamente nos importan! Hoy voy a romper media docena de diplomas y en su lugar poner con orgullo: “Di un mitin con Geluco”.

Dentro de algunos años, muchos jóvenes no sabrán quién fue Geluco; mis hijas sí. Alicia y Sandra tenían siete y nueve años cuando los amigos dedicaron a Geluco un sincero homenaje: una reivindicación de la persona y del valor de la memoria, ese oxígeno. Naturalmente el homenaje fue un 14 de abril tricolor y republicano.

“¡Estuvo en la cárcel!”: aquellas niñas escucharon a Geluco con admiración y respeto; era su amigo. Les haré llegar la tristeza de su ausencia: algún día en sus vidas, el eco de la voz de Anxo Guerreiro –y de sus amigos y amigas: Victoria, Ezama, Concha, Carlos, Lila…-, les dará convicciones y firmezas; y grandes dudas, porque Geluco dudaba de todo y todo lo cuestionaba, como buen laico y mejor incrédulo. Solo los creyentes tienen certezas y el consuelo de la fe.

Nuestro consuelo es el ejemplo de una vida entera dedicada a defender con la palabra su libertad y la nuestra y la de nuestras hijas e hijos. Hoy voy a llamar a tu amiga Margarita Gigliotta de Parlemo y nos fumaremos un pitillo en tu honor: ¡Buen viaje, Geluco, nos queda tu palabra!

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