La política y los políticos nos hablan tan a menudo de las subidas y bajadas de la EPA, del IPC y del IRPF, que olvidamos las preguntas fundamentales y el único horizonte que debiera mover la acción pública: el bien común, la felicidad de los ciudadanos. Debemos reescribir también la política en clave emocional y sustituir los resortes del poder, siempre un poder codiciado y codicioso, por motivos más nobles; sí, ya sé que soy un ingenuo.

El historiador Ángel Rekalde ha propuesto en su magnífico libro Elogio de la Toscana (Nabarralde) la creación de un Ministerio de la Convivencia, tan necesario. Añado la petición de un Ministerio de la Felicidad que sustituya directamente al de Economía y envíe a Guindos al paro, sin odio, como diría el mago Tamariz, ¡es por reír!
Hace días compartí esta lectura emocional de la vida misma, que reclamo para el ámbito del parlamento y la política, con un nutrido grupo de psicólogos clínicos, reunidos en el monasterio de Santa Catalina de Montefaro para hablar de la ausencia. Montefaro es un mirador único sobre la ría de Ferrol, entre Ares y Mugardos, con restos de baterías militares que protegían la ensenada, hoy tan inútiles como un móvil de primera generación, pero patéticamente tristes y hermosas bajo la lluvia. La garita abandonada y solitaria que avanza su ojo de piedra sobre el acantilado representa la soledad en estado puro, granítico.

En Galicia se han escrito páginas empalagosas sobre la morriña y la saudade, dos eufemismos que evitan llamar a la ausencia por su verdadero nombre. Los psicólogos clínicos no trabajan en sus consultas los síntomas de la morriña, sino el naufragio emocional de los ausentes: marineros secuestrados por un sistema de trabajo cruel, semiesclavista, emigrantes expulsados de su tierra y de su entraña familiar por la necesidad o la pobreza. Analizamos juntos las vidas rotas de las gentes de mar, que sufren tres tipos de ausencia: la de los hombres, desaparecidos durante meses, años, vidas enteras; la de sus mujeres en tierra: madres, esposas, viudas, hijas; y la ausencia terrible de unos y otras en el reencuentro imposible. Vidas rotas por la incomunicación compartida.

La ausencia de los condenados a remar, como judíos errantes, deja un rastro de soledad, depresión, alcoholismo, suicidio y toda una psicopatología del retorno instalada en la vida gallega diríase con una naturalidad que estremece. Como estremecen las vidas rotas de tantos emigrantes, ahora de nuevo miles de jóvenes atrapados en un presente sin futuro: son, a la fuerza, Españoles parados por el mundo, o Gallegos pobres por el mundo. Los ricos no emigran, viajan.

¡Qué poco se habla de estas cuestiones en los parlamentos, en los estados mayores de los partidos, en las mesas del consello de la Xunta o del consejo de ministros! Con una sanidad pública, la mejor del mundo mundial, reducida cada día más a datos de ordenador, etiquetas y pegatinas, ¿quién se ocupa de las familias fragmentadas en añicos?, rotas como las conversaciones por radio desde el barco: frases entrecortadas, cargadas de emoción, seguidas de interminables silencios. Es algo más serio que la morriña: es la pérdida de tí mismo en vida, la ausencia forzosa de besos, caricias, abrazos. Marineros de acero, blandos como patatas, jugando a ensayar abrazos imposibles, a través de los gruesos y sucios jerseis de lana, encontrando sin querer la suavidad de las barbas crecidas en la marea. Las psicólogas y psicólogos clínicos de Galicia, reunidos en torno a la garita solitaria de Monfaro, saben que necesitamos urgentemente un Ministerio de la Ausencia y los Ausentes.

XVIII Xornadas de Psicoloxía Clínica
Colexio oficial de Psicoloxía de Galicia

Ponencia: Ausencias y naufragios emocionales en La puta mar (pdf)
Imagen: Xente, foto Anxo Cabada