Durante el rodaje de la serie de tv Hanan. Lo que nos une, viví varios meses en Marruecos. Me enamoré del país y de su gente hospitalaria y generosa, y aquella experiencia sigue alimentando mi modo de contemplar la vida.

Una mañana de primavera, como la de hoy, subí caminando a la medina de Fez el Bali, la de las curtidurías, un laberinto medieval inmenso, patrimonio de la humanidad, quizás, con Jamaa el Fna de Marrakech, el lugar más visitado del Magreb.

Poco antes de llegar al acceso principal, Bab Bou Jeloud, un hombrecito menudo y arrugado, de sonrisa desdentada, había instalado su puesto de venta: una caja de cartón no muy limpia y una docena de higos chumbos, que él mismo había recolectado.

Le compré dos higos por un dírham ―unos diez céntimos―, me enseñó a comerlos y nos despedimos como si fuéramos viejos amigos. Vagabundeé el resto del día por la medina, invisible, sin prisa; y el vendedor se quedó allí de pie, como una chumbera con su cosecha bajo el sol del desierto, sin agua y sin otra necesidad que sonreír, uno a uno, a los miles de visitantes con pamelas, viseras, cámaras, móviles de última generación, que acudían a la medina embadurnados de antimosquitos y antiolores, cargados de euros y dólares. ¡Compra, compra, barato, barato!

Quince años después, me pregunto estos días quién resistirá mejor ante la crisis del coranovirus, si aquellos miles de turistas saturados de toallitas perfumadas y chalecos antibalas, o el humilde vendedor con su ajada chilaba.

Pasé el día en la medina, y cuando regresaba hacia mi hotel ―deseando una ducha y una cerveza helada―, el vendedor seguía en su puesto: solo había vendido un par de higos más. Dos dírhams era su ganancia del día.

Me abrazó con su sonrisa desdentada y sentí envidia de su felicidad.

La primavera avanza.