Transparencia cero y decencia cero. Tales son las coordenadas en las que se enmarca el atraco a cara descubierta que un grupo de ejecutivos sin escrúpulos han perpetrado contra el ahorro y la buena fe de miles de ciudadanos gallegos, depositantes de su confianza en una entidad bancaria gobernada desde hace ya algún tiempo por una pandilla de indeseables que en vez de cobrar millones por su mal trabajo deberían pagar el daño causado. No hará falta añadir más calificativos gruesos porque está en el sentimiento unánime de la calle y en el sentidiño común: lo ocurrido en Novacaixagalicia es un robo. Y los ladrones deberían estar ya procesados y camino de la cárcel.

Son culpables de ese robo, en primer lugar, quienes lo perpetran: una docena de ejecutivos mediocres y de medio pelo: lo afirmo con conocimiento de causa personal, tal es la opinión que me han merecido desde hace años y que el tiempo ha ido consolidando, un verdadero cáncer para Galicia. Méndez, Gayoso, Pego, Mauro: no se salva ninguno de los que han tenido responsabilidad directa en llevar a las cajas directamente a la ruina. La sociedad y la Justicia deben exigirles responsabilidades y la reparación con sus fortunas personales del daño causado.

Son culpables, in vigilando, el Banco de España y la Xunta de Galicia, que ahora escurren el bulto y se arrojan el cadáver uno al otro. El Banco de España ha aprobado y bendecido pagos, indemnizaciones, balances, auditorías, fusiones, que el tiempo ha relevado inconsistentes, maquilladas, con cláusulas y pactos ocultos, con letra pequeña presuntamente ilegal. La Xunta debería admitir su error estratégico, hacer pública la famosa auditoría que avaló la fusión de las dos cajas gallegas y pedir a los auditores que devuelvan sus honorarios: los ciudadanos perdonan mejor un error que una mentira.

Son culpables, por su complicidad, los políticos que se sientan en los consejos de administración de las cajas, alguno tan señalado como el expresidente de la Diputación coruñesa, Salvador Fernández Moreda. La dimisión de Mar Barcón le honra extraordinariamente, pero llega tarde, porque no hacía falta esperar a este escándalo para ver el robo continuado que se estaba produciendo. Más vale tarde que nunca: Mar Barcón ha demostrado tener la dignidad ética y política que a los demás cómplices les falta. De todos ellos, el espectáculo dado por Abel Caballero –gran avalista de Pego y sus compinches- es el más triste y desolador.

Son culpables quienes pudiendo denunciar este robo de dinero público ante los tribunales no lo han hecho, especialmente el Fiscal General de Galicia y la Fiscalía Anticorrupción, obligados a actuar de oficio. Las paladas de tierra arrojadas por la ministra Salgado (“no volverá a ocurrir; a partir de ahora el Banco de España vigilará previamente las indemnizaciones”) son de un cinismo atroz. ¿Tampoco tienen que hacer nada los Colegios de Economistas, de Auditores, la patronal, los sindicatos, el Consello Económico y Social, el Parlamento, las asociaciones de consumidores y usuarios de banca?

Por todo ello, creo que este robo debería servir para exigir de una vez por todas el cese del gobernador del Banco de España, Pilatos Fernández Ordóñez; bloquear judicialmente cualquier pago de indemnizaciones con dinero público por mucha apariencia legal que tengan sus cláusulas y contratos blindados; reclamar a los ejecutivos salientes la devolución de sus honorarios ¿en la última década? y la reparación del daño causado; cesar de una vez a todos los políticos con asiento, sueldo y privilegios en los consejos de administración de las cajas; publicar con luces y taquígrafos las auditorías de infarto encargadas por la Xunta, los sueldos, dietas y demás cobrados por unos y otros, etc. Finalmente, poner todos los datos del robo en orden, en un relato coherente ante los Tribunales de Justicia para que sancionen lo que el sentido común y la opinión pública ya han refrendado de modo inequívoco, aún careciendo de todos los datos y siendo previsible que los aún ocultos empeoren la cosa.

Solo después de este proceso meramente higiénico, será posible que algún presidente, ministro, lo que sea, pueda mirar a los ojos a los ciudadanos y pedirles esfuerzos, sacrificios y austeridad sin que a todos se nos caiga la cara de vergüenza. Finalmente, también los clientes e impositores de las cajas tendremos algún derecho a reparación: con mi voto no y con mis ahorros y mi dinero tampoco. ¡Sí que era mucha la mierda acumulada por estos brillantes gestores y cómo hiede el pozo negro de las cajas de ahorro exgallegas!