Mitin del PSdeG en Bertamiráns, de la mano del exalcalde y todavía Presidente de la FEGAMP, Carlos Fernández. En la campaña de las municipales llenó el pabellón de deportes: ahora apenas se completa el aforo del pequeño auditorio de la Casa de Cultura. Algo ha cambiado allí donde el PSOE perdió poder. Pocas banderas y símbolos. No hay derrotismo, pero falta entusiasmo. Otro exalcalde, Javier Losada, hace de telonero; escuchándole cuesta creer que haya sido alcalde, senador, líder del socialismo coruñés; en su oratoria confunde el énfasis con el grito.

Por fin toma la palabra el ministro de Educación Ángel Gabilondo, el ministro filósofo, metafísico. A diferencia de Losada, apenas sube la voz, acaricia las palabras como un susurro y, además, dice cosas consistentes. Tampoco sonríe: con el semblante serio, siembra su discurso de bromas e ironías y despierta la sonrisa cómplice del público. Siembra su discurso de inteligencia, rara avis de la política, un ministro metafísico, un filósofo en la Moncloa, un colega de Sócrates en el salón de los pasos perdidos.

Gabilondo reivindica el derecho a la palabra y alienta a no perder la palabra, a no callar, a decir lo que uno piensa en alto, sin temor, a desafiar la censura. Luego hace defensa cerrada de la escuela pública, de 1.600.000 universitarios, de la ley de reforma de la ESO de su antecesora Mª Jesús Sansegundo. Es comedido, pero generoso, en el elogio con ella, y con Zapatero, a quien reivindica sin alharacas, pero sin complejos, con orgullo: “A veces me preguntan si no estoy ya cansado de ser ministro de Zapatero, ¿cansado? Eso es para ricos, yo no me permito ese lujo”.

Proclama el papel de la Política -la economía debe estar al servicio de la política y no al revés- y del Debate y pide que siga el debate en la calle, en las casas, en los centros, en los bares: debatamos todo. Gabilondo desgrana con buena síntesis el programa socialista en Educación y admite lo mucho que falta por hacer en fracaso y abandono escolar.

Habla con convencimiento y sosiego y, por eso, no necesita dar gritos. El ministro filósofo tiene el don de la persuasión, un lujo intelectual en la tarde lluviosa de Bertamiráns. Ni siquiera pide el voto groseramente como hacen tantos y tantos candidatos: con elegancia académica, confía en que el oyente sabrá elegir al mejor. Como cantaría Paco Ibáñez: si hemos perdido el voto, nos queda la palabra.