Arriba las ramas. De El Hierro al Bierzo: la utopía sostenible (2).

Cuando el día con mayor afluencia de turistas y veraneantes del año, por ejemplo un 15 de agosto, paseo por una playa gallega desierta, me puede el egoísmo: No lo cuentes, no lo digas, que no vengan a estropear este rincón virgen, que en Galicia todavía quedan muchos, pero yo no les he dicho nada. Me pasa lo mismo con El Hierro: no vayan, no despierten al saurio de lava, déjenle respirar su sueño de lagarto antediluviano; no vayan: es un paraíso.

Un paraíso de 275 km2 —poco más que Malta, que tiene voz y voto en la UE— con diez mil habitantes concentrados en un par de zonas, la capital Valverde y La Frontera, que tiene nombre del Lejano Oeste. Toda la toponimia herreña podría haber sido sacada del alguna película: digan, si no, Molcanal, Los Llanillos, La Restinga, El Verodal, Sabinosa, Puerto de la Estaca. Digan en voz alto Montaña Negra, Montaña Quemada, Charco del Cordero, Malpaís, ah, las estepas rugosas de Malpaís, dignas de una novela de Lovecraft, tal vez Las montañas de la locura.

No vengan, ya quedan avisados. Para llegar al paraíso ultraperiférico hay que superar la barrera de su doble insularidad: la más occidental de las Canarias —junto al faro de Orchila se fijó el primer Meridiano Cero— no tiene comunicaciones directas con el exterior, es una isla aislada dentro del archipiélago, donde han sobrevivido durante milenios generaciones de indígenas en condiciones extremas. La isla tiene otros dones, pero no es generosa en tomates y lechugas, o en pastos verdes: cómo la Naturaleza sabia almacena agua de niebla y rocío, gota a gota, en las hojas del Garoé es, sencillamente, un prodigio.

Esta isla triangular, cuya geografía dibuja la imposible cuadratura del círculo volcánico, tiene más de mil cráteres petrificados, algunos de actividad remota, como el de Tiñor (800.000 años), otros de actividad reciente, Orchila o El Julan (20.000 años), y la fragua de Vulcano sigue viva: en 2011 hubo una erupción submarina bajo el Mar de las Calmas. La zona es ahora la Meca de los submarinistas, que salen a bucear entre cuevas y estalactitas desde el puerto de La Restinga. El mejor pescado del Atlántico, no se les ocurra ir.

Toda la isla, hasta su cumbre más alta (Malpaso, 1500 m), es la luz, la energía, la plastilina de fuego y azufre vomitada por el volcán, modelada durante cientos de miles de años por el mar y el viento. También la fijación del suelo, la escasa vegetación, la árida agricultura, y la población, son fruto de ese juego eterno que llegó a permitir, en los lugares más inverosímiles, el milagro de la vida. El Hierro es un lugar extremófilo, como explican los biólogos de algunas especies —por ejemplo, los tardígrados, que tuve el gusto de saludar en la Antártida—, emparentado con Marte y Saturno, cuyos anillos trazan círculos de luz en torno a la boca del volcán.

Si áspero y duro ha sido en El Hierro el milagro de la vida vegetal y animal, nada y líquenes, lagartos y nada, podemos imaginar la dificultad de la vida humana, pura supervivencia, desde el asentamiento de los primeros bimbaches, de origen bereber. El ecomuseo de Guinea —el nombre evoca su origen africano—, donde también hay un lagartario, muestra al visitante cómo fue la vida de los bimbaches, pastores y recolectores, siempre sedientos, sus aljibes vacíos, secas las ubres de sus cabras. No en vano, la leyenda isleña del árbol de Garoé habla del robo del agua por los piratas, también desnudos y sedientos, de la traición de la joven princesa Guarazoca, que reveló los secretos del agua a un extraño, por amor, y fue decapitada, como conviene hacer en las leyendas con las princesas traidoras, por más hermosas que sean. Tal vez nunca hubo en El Hierro una princesa traidora: no vengan a comprobarlo.

Este paraíso que les cuento es la Isla de El Hierro —grafía bendecida por Fundeu, sin contracción “del”; tendremos que decir entonces, comarca de El Bierzo, para no ser menos, aunque la ortodoxia académica encabezada por Valentín García Yebra prefiera “del Bierzo”—; este paraíso es el laboratorio perfecto para un ensayo de sostenibilidad real. Por sus condiciones naturales, por su aislamiento, por la escala geográfica y humana del proyecto, por su necesidad, mayor que en cualquier otra parte.

Llevar gasolina a las 11.500 gasolineras que hay en la Península es menos costoso que abastecer las dos únicas estaciones de servicio de El Hierro, a donde cada litro de gasoil llega en barco desde alguna parte del resto del imperio, salvando la doble insularidad, y ha de ser bombeada casi artesanalmente. Igual si se trata de llevar zapatos, naranjas o lavadoras: el aprovisionamiento de El Hierro recuerda el de otras zonas dependientes de la metrópoli o del barco nodriza, como las bases antárticas. Lo cual hace más necesario y deseable el autoabastecimiento, la energía limpia y sostenible, la capacidad de sobrevivir sin estar enchufados al gotero de Repsol.

Ese es el reto que se han planteado con extraordinaria lucidez los herreños desde hace más de veinte años, y lo están resolviendo de manera solvente y pionera, camino de convertirse en la primera isla 100% sostenible. Les contaré cómo lo están haciendo en el próximo artículo. Mientras, no se les ocurra ir al paraíso de El Hierro.

¡Arriba las ramas!

ATARDECERES PARA RESPIRAR. Galería II [Fotografía: Alicia Saturna].