Tengo un güerto en casa que ni podo ni cavo, vendimiar si lo vendimio. Esto de tener un güerto –una latica dirían en Rimor– nace de la querencia por la tierra, heredada desde los bisabuelos y mamada desde niño: yo he ido sentado en el trillo de cañizo, a rastras por la era, y columpiado en el timón del arado, para que con el peso liviano del mocoso la reja hendiera más el “suco” endurecido por la helada.

La querencia por la tierra no es algo que uno elija, como no escogen el coto de Doñana los linces y los Presidentes de Gobierno: va en el ADN. En el mío está la tierruca: arar, escardar, sembrar, gozar con la cosecha, sentirse parte de la Naturaleza. Por algún primario instinto de conservación, cultivo una parcela de 20×20, repartida en cuatro parterres longitudinales, muy modernos: más que una huerta, parece un loft.

Lo cultivo poco, no quiero engañarles. Más bien lo cultivamos a medias la Naturaleza y yo. Ella hace lo que quiere y yo también. Cuando el otoño ejecuta sus oficios de albacea de la última cosecha, el huertín se llena de hiedras y tallos que decoran los parterres con la extraña belleza de lo inútil. No se comen, pero son arte.

De un tiempo a esta parte impugno la clasificación utilitaria en buenas y malas hierbas. Mi huerta no es el Banco Santander, que tiene que dar beneficios: todas las hierbas son buenas, si las manda nacer Dios será por algo, ¿quién soy yo para arrancarlas?

Al contrario, las alimento. En tres contenedores circulares elaboro un compost natural tan limpio que podría comerse: se deshace entre los dedos; cuanto más abono los parterres con mi compost casero, más me crecen ortigas, rastrojeras y plantojos cuyo nombre nunca llegaré a saber ni me importa. Mi güerto no sale en los libros de botánica.

Pimientos y tomates, pocos; alguna que otra cebolla tardía; las lechugas nacen donde les da la gana, semillas caídas, juguetes del viento son; una alfombra de fresales y una pared de frambuesas que comparto con mirlos, petirrojos y colorines, y la latica está entretenida con tanta visita.

Lo malo es que ya se acaba el invierno y un día de estos voy a tener que armarme de valor y ponerme a cavar. ¿Algún voluntario?

@ValentinCarrera
La Nueva Crónica,
1 de marzo de 2015