Escribir, preparar lo que uno ha de decir o contar al público, siempre me ha parecido un gesto de cortesía y respeto; son muchas las mesas redondas y cuadradas a las que hemos acudido y se oyen demasiadas vaguedades. De por sí uno es escaso en ideas y flaco de imaginación, como se quejaba Cervantes en su inmejorable prólogo al Quijote, como para improvisar.

Viene esto a cuento de la importancia de cuidar la comunicación, cosa que hacen “malamente” los políticos al uso. No dejo de sorprenderme cada vez que veo en las noticias a un político que entra o sale de no sé dónde, le acechan los temibles periodistas, le plantan la alcachofa en la boca y el tío, o la tipa, se ponen a largar como si tuvieran algo que decir. Ni es el momento, ni la ocasión, ni tienen claro el mensaje, ni es certero, ni se les entiende, ni han valorado adecuadamente en qué contexto están diciendo según qué cosa, y qué significará cuando en el avance del telediario el editor extraiga una frase, siempre la más llamativa, y la ponga a flotar en el éter fuera de contexto.

Hay un precioso librito del abate Dinouart, El arte de callar, que nos alecciona sobre el silencio como el primer grado de la sabiduría. Si difícil es el arte de hablar, aún más difícil es el arte de callar; y, sin embargo, todo ese barullo de la palabra fácil y el comentario improvisado se practica con demasiada frecuencia en nuestra sociedad. ¿Cuántas veces habéis asistido a un sermón en el que el cura no dice más que vaguedades, hueras metáforas carentes de significado? Buena parte  de los discursos y mensajes que escuchamos diariamente no resistirían un simple análisis de contenido.

Si reparamos en el discurso político es por una razón diferencial: aunque Belén Esteban, Pipi Estrada o Terelu Campos sean para algunos un modelo social, sus tonterías las hacen y dicen a su cuenta, aunque las rían en nuestras barbas; ni les hemos elegido ni han asumido responsabilidad alguna. Sin embargo, cuando hablamos de los responsables políticos, a los que se confía en democracia una de las tareas más nobles que pueda asumir un ciudadano, la de trabajar por el bien común, el nivel de exigencia en su comunicación ha de ser el máximo posible. Cuanto más riguroso sea un líder político transmitiendo sus ideas, sus mensajes, sus compromisos, más saldremos ganando todos.

Fijaros en esas conversaciones que se oyen, propias de folklóricas, o de patio de colegio, “amiguito del alma, te quiero un huevo”. La corrupción entra por cualquier resquicio: también por el de la palabra. Una comunicación asertiva y rigurosa cierra las puertas al sobreentendido, al doble filo, al equívoco. Pero una comunicación ambigua, ni si ni no, sino todo lo contrario, deja espacios abonados al error, a la arbitrariedad. Y, por cierto, no comparto esos lugares comunes del catalán tacaño o del gallego que no se sabe si sube o baja. Lo que ocurre es que la asertividad gallega pertenece a una categoría metafísica superior:

-Onte veu Pepe
-No, non veu.
-Sí, dígoche que sí, que veu.
-Dígoche que non, que non veu.
-¡Pois eu te digo que sí!
-Bueno, home –dille finalmente a muller, poñendo fin a discusión- vir, viría; pero eu non o vin.

Por ello, la importancia po-lí-ti-ca de cuidar la comunicación, de mimar la comunicación. Y la importancia de las hemerotecas. Fijaros en la siguiente trampa, made in Mariano: “Yo nunca dije que no iba a subir los impuestos; dije que no era mi intención”.

Es como si el ladrón le dice al juez: “Yo no tenía intención de robar el banco, lo que pasa es que luego me vi muy necesitado y lo robé”. De nuevo se impone la metafísica gallega: “Ter, non terías intención, oh, pero subilos impostos, sí que os soubiches”. No discutamos acerca de la intención, sino de los hechos; y ésta es, justamente, la esencia del periodismo, no hacer juicios de intenciones, sino atenernos a los hechos, a la realidad.

Todo esto -escribir, pensar, decir lo que conviene, ser asertivos, evitar la palabra fácil o el insulto, comunicarse bien con nuestros vecinos, electores, ciudadanos-, todo esto, tenemos que aprender a hacerlo en las redes sociales, en Twitter, en Tuenti, en Facebook, en Google+, en los blogs, en la web. Esas mismas niñas que me decían al principio –“pues si no sabes lo que vas a decir mañana, tienes un problema”- me enseñan todos los días algo nuevo. Donde nosotros vemos temores y peligros, ellas ven otras realidades que ni siquiera imaginamos.

Estoy convencido de que las redes son la gran herramienta de comunicación, no del futuro, no: las del futuro están por llegar. Son las herramientas del presente. No les tengamos miedo. También los cuchillos que cortan el jamón pueden matar y un simple mechero puede incendiar un monte. También matan los coches y no por ello dejamos de usar coches, mecheros y cuchillos. Hay que aprender a usar las nuevas herramientas sin miedo, sencillamente porque no hay vuelta atrás.

¿Se puede vivir sin Twitter o sin Facebook? Sí, claro que sí: como se puede vivir sin coche, sin radio, sin calefacción o sin antibióticos. Cuando llegó la imprenta de Guttemberg, muchas frailes siguieron iluminando preciosos manuscritos y millones de gentes continuaron siendo iletrados o analfabetos. Pero, no os confundáis: el futuro nunca pasa de largo.

Pazo de Adrán, 11 de enero de 2012, presentación eBook Municipales 2011