¡Por fin una buena noticia, un brote verde en el tiesto de la sociedad española!: convocada una huelga de futbolistas. ¿Dónde hay que firmar?

El circo mediático, que abarca desde la bazofia de Gran Hermano hasta la feria del Parlamento, ya sea en Sevilla, en Madrí o en Santiago de Compostela, da por buena sistemáticamente una falacia tan burda que no solo repugna a la Lógica, aquí con mayúscula, sino al más elemental sentido común: tomar la parte por el todo.

“Los catalanes piensan…”, “España quiere…”: ¿qué sabrá usted lo que piensan los catalanes o lo que quiere España, ni siquiera con las encuestas del CIS en la cocina? ¿Qué sabrá usted, que tiene menos votos que el Presidente de comunidad de La que se avecina? Un poquito de matiz, por favor.

Para no caer en esa falacia, quiero distinguir con claridad entre el fútbol-base (deporte que he practicado con gusto, como miles de chavales y chavalas en campos, plazas y playas de todo el mundo) y el fútbol-espectáculo, esa cueva de Alí Babá donde habitan Ángel Villar y los 40 ladrones.

No sé qué pinta el fútbol-espectáculo en el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, aunque para ser serios, nadie sabe qué pinta ese Ministerio: si se suprimiera apenas lo notaríamos. En todo caso, el fútbol-espectáculo debería estar adscrito al Ministerio de Sanidad, Plan Nacional sobre Drogas, y esa es la propuesta que llevaré en mi próximo programa electoral.

Según la FIFA, el fútbol-espectáculo mueve 500.000 millones de dólares al año, es la 17ª economía mundial; en España mueve 9.000 millones sobre los que planean los halcones de Montoro. Es un gran negocio sucio a la altura del tabaco, las drogas, el alcohol, el juego y la prostitución, actividades con las que comparte un rasgo común: la adicción, el opio del pueblo.

No se alteren: a mí me gusta el fútbol y veo con agrado el golazo que anoche clavó Messi, como me gusta una copa de buen vino, pero evito el alcoholismo y la ludopatía por insanos. Sin embargo, el Estado, sí el Estado, fomenta todas estas adicciones unas por activa y otras por pasiva. Primero, porque se forra con los impuestos directos sobre tabaco, alcohol y juego; segundo porque permite ambiguas zonas de sombra y tolerancia en prostitución, drogas y en la caverna negra del fútbol, cuyos clubes nos deben a todos 3.200 millones de euros [informe Gay de Liébana, 2014].

Gastando en juergas y sueldos indecentes y no pagando seguridad social ni hacienda, el fútbol será la próxima burbuja en estallar, según diagnóstico de Antonio Garrigues, que modestamente comparto. Pero nadie pondrá el cascabel al gato hasta que reviente. Hay que entretener a la peña programando opio todos los días de la semana. El Plan Nacional sobre Drogas debe tomar las riendas de esta drogadicción que afecta a millones de familias, rompe hogares y matrimonios, arrasa fortunas, blanquea cerebros, idiotiza catedráticos y monopoliza las televisiones, un día sí, otro también.

Una huelga de fútbol, que espero sea un éxito de duración indefinida, provocará una catarata de adictos ante el psicólogo o pidiendo tranquilizantes en las farmacias, pero devolverá a muchos la oportunidad de ver una película (leer un libro ya me parece un exceso) o de mirar Paco a Maruja y Maruja a Paco, como hace años no se miran. Como cuando de niños se iba la luz y era una fiesta: ¡bienvenidos al apagón del fútbol-espectáculo!

@ValentinCarrera
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