Si se trata de comprender lo que nos pasa, por favor, lean al ermitaño Mauro Corona. Los humanos necesitamos alguna explicación racional o mágica: el dios de la lluvia, la barca de Osiris y el más allá, el diluvio universal, el darwinismo o la teoría de la relatividad. Cada cual va escogiendo las suyas y las hace propias encajando etiquetas con las que sentirse a gusto: madridista, católico, ecologista, feminista, catalán. Unas triviales, otras serias, satisfacen esa necesidad nuestra de pertenencia a una colectividad, lo que nos ampara y nos tranquiliza.

Por encima de estas etiquetas identitarias, operando en la sombra, a la vista de todos, otras identidades suplantan la nuestra: pertenecemos al club de usuarios VIP de Movistar y de la tarjeta VISA, al de distinguidos clientes del Corte Inglés, Ryanair y la madrastra que los parió. Somos consumidores y consumistas, ¿a qué negarlo si estamos devorando el planeta Tierra? La crisis no es algo que suceda ahí fuera, somos parte sustancial de la crisis.

Acerca de la deuda de marras, no comparto el argumento demagógico “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” como disculpa para el llamado austericidio, consistente en recortar y ajusticiar la sanidad, educación, dependencia, becas, investigación; convertir deuda privada en deuda pública; recaer el palo sobre las espaldas fáciles de las clases medias y los más débiles; rescatar a la banca con dinero de todos y, en fin, dejar la finca convertida en un solar.

Todo eso lo justifican el gobierno de turno y su brigada mediática con teorías de andar por casa. En el neolenguaje neofascista de la crisis -donde el paro decrece positivamente y bajar el sueldo es desindexación salarial-, esa explicación se llama ahora “el relato de la crisis”. Krugman tiene uno, Leopoldo Abadía otro, yo el de José Luis Sampedro y Revilla el suyo. Nos parece que estamos más a gusto si entendemos o creemos que entendemos lo que nos pasa.

Hasta que cae en nuestras manos una explicación demoledora, clarivididente, un verdadero Relato, y lo escribo con mayúscula, aquí sí, usando el idioma por derecho, sin deturpar el concepto, atajando esta economicitis que todo lo invade: la televisión, la literatura, nuestras vidas, apenas somos ya personas, sino índices salariales, números de la EPA, hojas caídas del censo, porcentajes del PIB.

Ese verdadero Relato, “un puñetazo en el estómago”, es el último libro del montañero italiano Mauro Corona, El fin del mundo equivocado (editorial Altaïr, Heterodoxos, traducción de Álida Ares). Es la mejor, por no decir la única explicación creíble de la crisis que he leído, y leo cada día unas cuantas. No contiene un solo número, ni un dato, ni una maldita estadística, no tiene siglas ni citas de políticos, ni consejos europeos. No sale Merkel, ni Monti, ni Rajoy.

Ha tenido que venir a decirnos verdades como puños un ermitaño autodidacta, un viejo rockero sesentón, que nació en el carromato de sus padres, vendedores ambulantes, sobrevivió milagrosamente al derrumbe del monte Toc que arrasó Erto, su pueblo, y vive lúcidamente en paz con la Naturaleza.

Mauro Corona no busca la complacencia, no necesita tu voto ni el mío: su Relato desasosiega, invita a reflexionar, a sacudirse las etiquetas que nos convierten en prendas de Zara colgadas en serie de un infinito perchero. Mauro Corona incita a aparcar el coche definitivamente; a quemar el móvil y las tarjetas de crédito; a agacharse y doblar el espinazo como hicieron nuestros abuelos, a trabajar de nuevo con las manos la tierra y la Tierra, a caminar, a escuchar el silencio, a reconquistar el tiempo, la calma y la libertad. A descubrir “que casi todo lo que consideraban esencial, en realidad es inútil”. A disfrutar todo aquello que no puede comprarse con dinero.

El mundo equivocado es el mundo de doña Merkel y don Rajoy jugando al Monopoly; es el mundo de Exxon, Gazprom, Repsol y todas las petroleras, el mundo donde la gente venera los objetos, compra, incesantemente gasta, se endeuda, produce y, cuanto más produce, más gasta y más se endeuda y más nos vemos reducidos a ser un tanto por ciento del PIB. De su PIB, que no del nuestro.

Vestidas con traje científico, pero llenas de lamparones y sofismas, las teorías de la crisis no explican nada, y perdón por generalizar; quiero decir que da igual cómo nos expliquen el mundo, cuando es el mundo equivocado. La única solución es dejar de vivir en el error, dejar de ser números y tantos por ciento, peleles del mercado, y volver a ser personas. La solución es El fin del mundo equivocado. Por favor, aunque les duela el puñetazo en el estómago, lean a Mauro Corona.

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