El desafío es aprender a convivir con la nueva normalidad. Cuestionarse el concepto mismo de «normalidad», tan gastado, tan cómodo en política, en sexo o en religión para condenar todo lo que sea distinto. También hemos de revisar el concepto de salud: la sociedad, la televisión, o el Ministerio de Sanidad, dan por saludables prácticas y conductas enfermizas, patológicas. Por ejemplo, en la familia, en la escuela y en la parroquia. Muchos de los que pasan por ser “normales”, en realidad son unos auténticos “a-normales”. Piensen en familiares cercanos, en los concejales de su pueblo o en algún presidente de gobierno. Redefinamos, pues, la normalidad,

Esta semana cerró, por fin, la central nuclear de Garoña, tras una larga lucha ecologista en la que he colaborado modestamente. Esta es la normalidad: cerrar una nuclear; lo a-normal hubiera sido mantenerla. Lo anormal son las centrales y los basureros nucleares, pero durante décadas los poderes nos han impuesto su normalidad destructiva. Redefinir la producción de energía sostenible, sin nucleares y descarbonizada, es el paradigma de la nueva normalidad.

El disparate es tachar a los ecologistas de visionarios o marginales, hippies, utópicos, y dar carta blanca a delincuentes nucleares y empresarios de cuello blanco que hacen negocios con nuestra salud. Hay que revisar la política energética, desde luego, pero también la alimentación, estilo de vida y costumbres. Empezando por la agricultura: si cultivamos basura con hormonas y pesticidas, comeremos basura con hormonas y pesticidas. Frutas y verduras clónicas, todas iguales, de diseño, sin una mácula; lubinas de piscifactoría criadas con pienso y antibióticos; aguas envenenadas. Repasen la lista de aditivos cancerígenos que se venden legalmente, incluyendo el tabaco, mientras se prohíbe la terapia natural con marihuana. ¡Mejor sería poner a la guardia civil a perseguir a los fabricantes de conservantes y colorantes!

Esta falsa normalidad está en la raíz de una epidemia que acompaña a la humanidad desde los albores y ha venido para quedarse: el cáncer. Durante años, un perfecto desconocido del que todos me hablaban —¡tantos amigos y amigas que lo han tratado de cerca!—, y a quien no tenía muchas ganas de conocer. Desde hace dos meses, un compañero de fatigas inseparable, que ve conmigo Twin Peaks (buen modelo para cuestionarse la aparente normalidad de una sociedad hipócrita y podrida), se sienta conmigo a la mesa, me acompaña a pasear y se acuesta en mi cama. Exactamente entre la cabeza y la almohada.

Como un alien o una planta invasora, su alteza El Cáncer, “el emperador de todos los males”, se ha sentado también en mi silla y juntos escribimos estas líneas a cuatro manos. Es mi nueva normalidad que estoy aprendiendo a aceptar gracias a un ensayo lúcido, deslumbrador: El emperador de todos los males, la biografía del cáncer escrita por el oncólogo Siddartha Mukherjee, que mereció al autor el Premio Pulitzer [Ed. Debate, 2017].

“Llevada a sus últimas consecuencias lógicas —escribe Mukherjee—, la capacidad de la célula cancerosa de imitar, corromper y pervertir finalmente la fisiología normal plantea así el ominoso interrogante de qué es la normalidad. «El cáncer —dijo Carla [paciente del autor]— es mi nueva normalidad», y muy posiblemente también sea la nuestra”.

Aunque la lucha de la ciencia y la medicina contra este emperador es titánica, y cada día hay nuevos fármacos o se describen intrincadas alteraciones genéticas, “la proporción de afectados por el cáncer pasa inexorablemente de uno de cada cuatro habitantes a uno de cada tres, y a uno de cada dos, por lo que el cáncer será, en efecto, la nueva normalidad: una inevitabilidad”.

Esta nueva normalidad interpela todo nuestro sistema de vida, de la pe a la pa. No es solo el tabaco —uno de los causantes directos, tan peligroso como evidente—, la alimentación, la vida sedentaria o el aire envenenado, sino todo: el emperador de todos los males se nutre de nuestro estilo de vida, de nuestra vida a secas: imposible de desconectar de nuestro cuerpo, dice Mukherjee, “define el límite exterior intrínseco de nuestra supervivencia, un contrapeso de plomo a nuestras aspiraciones de inmortalidad”.

De modo que, bienvenido, póngase cómodo. Ya dijimos que el emperador ha venido para quedarse: “La mejor manera de ganar la guerra contra el cáncer consiste en redefinir la victoria, y para ello, para seguir el tren de la enfermedad, es necesario una y otra vez inventar y reinventar, aprender y desaprender estrategias”.

Desaprender los conceptos de normalidad caducos, desafiar todos los hábitos políticamente correctos, desde los alimenticios a los sexuales o religiosos, pasando por lo que usted vota en las urnas y por lo que ve en la televisión. Redefinir los conceptos de felicidad y afecto, las escalas de valores, las trampas y los chantajes que nos impiden ser libres: aceptar todas las nuevas normalidades. Mirar al emperador de todos los males a los ojos, sin miedo, y tratarle de tú a tú: “En adelante vamos a ser compañeros de viaje, pero te aviso que nunca seré tu vasallo”.

¡Arriba las ramas!

Foto: Paisaje, del blog Kajanegra.com.
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