En mi humilde opinión, la sentencia del Prestige dictada ayer por un tribunal de la Audiencia de A Coruña, es un golpe de estado a la ecología y un golpe bajo a la justicia. Tanta preñez y embarazo para que los magistrados Juan Luis Pía Iglesias, Salvador Sanz Crego y Dolores Fernández Galiño hayan parido un ratón. Un ratón de 157 folios, escritos formalmente en gallego, que consagra la impunidad más anti-Galicia de la historia judicial.

En primer lugar, que la sentencia haya tardado exactamente once años (el desastre provocado por el Prestige ocurrió en noviembre de 2002) es un escándalo por el que debían exigirse responsabilidades y rodar las cabezas, ahora que está de moda la retroactividad, de los ministros de justicia Michavila, López Aguilar, Bermejo, Caamaño y Gallardón; así como de los presidentes del CGPJ, Hernando y Dívar en esa década negra, dada su reconocida inutilidad en la mejora y agilización de la justicia. La justicia tardía no es justicia y ellos son los responsables directos de este desaguisado.

En segundo lugar, ¿qué disparate es ese de los macroprocesos y los macrosumarios? El sumario del Prestige acumula 300.000 folios: ningún miembro del tribunal lo ha leído íntegro, ni a cachos, porque es humanamente imposible. Leer un folio (solo leer, no digamos tomar notas, apuntar, analizar, contrastar, reflexionar) lleva dos minutos, hagan la prueba. Trescientos mil folios, seiscientos mil minutos: 10.000 horas; a 10 horas diarias de lectura ininterrumpida, que ya le llega, son 1.000 días, casi tres años leyendo el sumario sin parar, sin hacer otra cosa, sábados, domingo y festivos: ¡váyanse al cuerno con sus tomaduras de pelo!

Los jueces Pía, Sanz y Crego no han leído el sumario: fueron designados para el tribunal del Prestige el 22 de marzo de 2012 y el juicio comenzó el 16 de octubre: ¿se estudiaron los 300.000 folios en seis meses? ¡Qué fenómenos! Nadie se ha leído el sumario, porque la esencia de este golpe bajo a la justicia era precisamente construir un teatrillo formal en torno a la nada, al vacío de responsabilidades. Primero, aparcar el sumario durante diez años en el pequeño juzgado de Corcubión, desbordado de principio a fin, que en 2005 inculpó a la armadora del Prestige y embargó sus bienes, sin que ninguno de los sucesivos ministros inútiles resolviera de verdad, y no con fotos electorales, su precariedad de medios: si es el pleito más voluminoso de la historia judicial española, debía haber sido el juzgado más y mejor dotado de medios de todo el país.

En tercer lugar, hizo falta expulsar al magistrado Judel y a los jueces incómodos, contaminados en la instrucción y conformar un tribunal a la medida, todo muy legal, a la manera de Gila: nadie podrá demostrar que “alguien llamó a alguien”. ¡Venga! hacemos el sumario más monstruoso de la historia y decimos que estamos haciendo justicia. ¡Venga! que la Xunta de Galicia provea pasta fresca para un macrojuicio espectacular, que haya ruido y barullo, y mucha prensa, que se vea cuán transparentes somos. Un juego sofisticado de espejos deformantes para llegar al esperpento de esta Justicia formalista, ensimismada, disparatada, desprestigiada, muy lejos de la sociedad.

El asunto del Prestige debió resolverse en los seis meses siguientes, con indemnizaciones inmediatas, como ocurre en EEUU, en Canadá, en Francia y en los países que no juegan con el futuro de sus hijos. No hacían falta 300.000 folios en papel que nadie leerá jamás, sino un tribunal rápido y justo, y a ser posible con cierta sensibilidad social. En noviembre de 2002 llevé a mis hijas de cuatro y dos años hasta Corcubión y allí lloramos abrazados a los voluntarios de Nunca máis viendo el horror de la marea negra. ¿Cómo explicarles ahora que nadie tuvo la culpa de aquello y nadie pagará las consecuencias? ¿Cómo se lo explicarán a sus hijos y nietos sus señorías?

Documento: Sentencia del Prestige (descargar pdf)

Ilustración: Raiss el Feni, Tánger