* La dama de la novela negra leonesa sirve la cabeza del Alcalde en bandeja de plata literaria

* El asesinato de Sócrates revalida la literatura como ventana y espejo: si no te gusta lo que ves, no apartes el libro que te quema en las manos, habla de ti y de mi, de tu alcalde y del mío, de mi hermano hospitalizado y de tu impotencia sexual, de cosas que ocurren en una capital de provincias de tercera.

A este ritmo voy a empezar a creer en el destino. El 7 de noviembre puse sobre mi mesa un libro: consta santo y seña en la pegatina de la librería Follas Novas de Santiago, 272 págs., formato 20×15, papel hueso dulce al tacto, tipografía clara, cuidada encuadernación, una joya editorial salida del taller de Alianza Literaria, donde la autora convive con Jorge Amado, Ayala, Mishima, Rilke, Zambrano o Antonio Pereira.

La autora, sin embargo, no es alguna de los clásicos consagrados, sino una insultantemente joven periodista leonesa, cosecha del 79, como la Constitución del 78, cuando en este país aún no nos habíamos rascado las pulgas del franquismo, de modo que sus padres serán cincuentones como el que suscribe, unos yayoflautas desahuciados por el bipartidismo, a punto de abrazar la causa de Podemos.

La joven escritora Noemí G. Sabugal –no diré lo de guapa, como no se me ocurriría decir que Julio Llamazares es guapo y atractivo para comentar su último libro- es la Dama de la Novela Negra Leonesa, si es que el apellido leonés, o berciano, pueda aplicarse con tino a algo que no sea la cecina o la morcilla. Pero sí, ocurre que el ADN de la novela es intrínsecamente leonés, pues aunque la trama sucede en la ciudad de San Martín y el periodisto trabaja en el diario Las Noticias, todo se ve al trasluz de unas inconfundibles vidrieras góticas, lo cual no le quita universalidad al asunto, porque igual podrían ser vidrieras de Notre Dame o de Palermo, donde también hay chorizos locales.

La historia que el pasado 7 de noviembre puse sobre mi mesa cuenta el asesinato del periodista Fernando Gómez Fuentes, Sócrates, a manos de una trama corrupta (ya salió la palabrota) de constructores (ya salió la palabreja), alcaldes y chaperos. Nada que no ocurra cada martes y jueves “en una capital de provincias de tercera”, como decía Gil y Carrasco, precursor de la novela negra profética y apocalíptica: lean El Lago de Carucedo.

La novela construye la realidad
Lo profético aquí es que apenas leo la última frase de El asesinato de Sócrates, que es casi un verso de amor: “De todas formas ni siquiera sabía su nombre”, recuesto el libro sobre el regazo y escucho en el iPad impertinente la noticia de la detención de una docena de alcaldes, entre ellos el Presidente de la Diputación de León. ¡Malditos periodistas que todo lo contáis sin piedad, poniendo en la picota al que ayer mismo os daba de comer en su mano (eso sí, con dinerito ajeno)!

¡Otia!, pero si todo lo que acabo de leer está saliendo en el telediario: el constructor “corruto”, el alcalde pringado, el policía inestable, la familia imposible, la desahuciada prostituta rusa, el comisario cómplice, el periodista burlón. Vamos a pararnos un momento: las apariencias engañan. No es que la trama imite a la realidad; no es que la escritora-periodista haya visto, oído, olido, sentido de cerca todo ese submundo erótico-nauseabundo y lo traduzca con su prosa contundente. No.

Es al revés: la realidad imita la trama. Sabugal ha escrito su novela en la habitación propia de Virginia Woolf, y luego el alcalde de San Martín y el constructor sin escrúpulos le han ido copiando el guión paso a paso. La novela negra no es profética, género reservado a los Moisés empañados en vapores divinos, sino prescriptiva. No anticipa el futuro: evidencia el cáncer que ya corroe los huesos. ¿Invisible? No, tan visible como que estaba ahí y Noemí G. Sabugal lo vio y lo supo con cinco años de antelación: solo había que leer en los labios de la realidad enferma.

Disección de la belleza literaria
He alternado la lectura de El asesinato de Sócrates con Unha noite con Carla de Aníbal C. Malvar, novela a la que he llegado con veinte años de retraso (fue Premio Xerais 1995) o quizás el autor con veinte años de adelanto. José Yoldi se anticipó otros veinte años en investigar los crímenes durante el felipismo y el diario El País, donde trabajaba, se negó a publicar las documentadas y rigurosas crónicas de las que ha nacido la novela El enigma Kungsholm (novedad en editorial Mong).

Sabugal, Malvar y Yoldi: tres periodistas censurados por periódicos que siempre llegan tarde a la cita con el crimen, refugiados en la clarividencia de la novela negra, cuyo guión contiene la película mediocre que ahora retransmite en directo el telediario.

Por lo demás, quiero destacar la belleza literaria de El asesinato de Sócrates, entendiendo por belleza más la cruda disección sobre la mesa de autopsias que una empalagosa visita a Disneylandia. La novela de Sabugal se lee de un tirón, sin pestañear; el lenguaje es pulcro y exacto. Si el aliento de Gutiérrez huele a alcantarilla, para qué andar con enjuagues. “Se acercó a él y le olisqueó”, “sintió que destacaba como una antigüedad en una exposición cubista”, “¿no le parece que es mejor decir vaso de agua que recipiente de cristal transparente lleno del líquido elemento”, “las camareras eran como muñecas salidas de la misma cadena”, “el pene cortado yacía al lado del cadáver como un despojo. La mujer le había abierto el pecho a golpes con la azuela y entre la carne machacada se veía el brillo blanco de las costillas”.

A veces brutal, a veces tierna o poética, como el personaje de Marta, como la vida misma: “La lluvia parecía pasada por un tamiz. No llevaba paraguas, así que se arrimó a las fachadas. Una señora con una bolsa en la cabeza le hizo desviarse de su camino y las gotas le corrieron por la frente y el cuello. El suelo estaba cubierto de espejos y los ruidos de los coches eran amortiguados por almohadas de agua que salpicaban a los peatones. Llovería toda la noche”.

No me resisto a transcribir dos perlas más. La historia de las naranjas –en la ciudad de San Martín aún pervive la posguerra y el hostal de lujo de San Marcos sigue oliendo a cárcel política-, y la descripción de la catedral iluminada.

“Sucedían cuerdas de prisioneros; hombres cargados de silencio y mantas. Una mujer, agotada y hermosa, se acercaba con un serillo de naranjas; cada vez, la última naranja le quemaba las manos: siempre había más presos que naranjas”.

“Optó por señalar la catedral, al fondo de la calle. Estaba iluminada como una prostituta bajo una farola. Como la más hermosa de las putas. Todo en ella era elegante y sólido. La luz de los reflectores vestía la piedra de una seda brillante que subía por las torres como las medias en unas piernas de mujer”.

Todo es exacto en el relato. Sobran pocas palabras en esta novela fundadora de la realidad: la relación de cuentas bancarias de la página 109 parece sacada del sumario del juez Velasco, pero ya les dije que es al revés: conociendo a los personajes, Noemí G. Sabugal escribió el guión y luego, cinco años después, la Audiencia Nacional le ha ido plagiando el sumario. “Han detenido al presidente de la Diputación en su propio despacho”, repiten machaconamente las noticias; “parece de novela negra”, comenta Manolo acodado en la barra del bar. Pero hace tiempo que el futuro estaba escrito:

—Espero que no pretendan sacarme esposado de aquí –dijo el alcalde con voz dura (pág. 267 de El asesinato de Sócrates).

Concluyo: Noemí G. Sabugal es una excelente escritora, además de compañera y amiga,  autora de una segunda novela, Al acecho, multipremiada: Cossío, Quiñones, Trigo; a quien no convendría encasillar en el género negro, porque intuyo frutos de muchos colores. El asesinato de Sócrates revalida la literatura como ventana y espejo: si no te gusta lo que ves, no apartes el libro que te quema en las manos, habla de ti y de mi, de tu alcalde y del mío, de mi hermano hospitalizado y de tu impotencia sexual, de cosas que ocurren en una capital de provincias de tercera.

©Acuarela: Carmen Rosa Carracedo
© Foto Noemí G. Sabugal: iLeon
Links:
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El asesinato de Sócrates en Youtube
El asesinato de Sócrates [Premio de Novela Fernando Quiñones, Alianza Literaria, 2010]
Al acecho [Premio de Novela Felipe Trigo, Algaida, 2013]