Rodrigo miró por última vez el retrato de su bisabuelo, Faustino Rodríguez-San Pedro, ministro de Hacienda con Silvela y de Exteriores con Maura. El bigote solemne, la casaca bordada de cuello alto, cruzada por la banda de la Orden de Carlos III, y sobre el pecho una cruz de reminiscencias masónicas. Contempló ahogado por la emoción la imagen que presidía el comedor de la vieja casona de Mieres: don Faustino y Carmina Alvargonzález el día de su boda. Recordó tembloroso la imagen de su padre entrando en la cárcel en 1967: cuando tienes 18 años y una vida por delante, hay instantes eternos.

Rodrigo supo que había llegado el momento y con mano temblorosa marcó el teléfono del periodista Fernando Ónega:

—Necesito tu ayuda. Quiero unas palabras como el discurso aquel de Adolfo, “puedo prometer y prometo”. Sabes que no puedo pagarte, tengo todo embargado, pero es un momento histórico. ¡Te lo pido por el bien de España!

Conteniendo las arcadas, Ónega tomó un folio y escribió con trazo firme: “Señoras y señores: Llegué a la vida pública con 30 años para servir a mi país y durante este tiempo he antepuesto a mi deber mis propios intereses personales. Seguí el camino equivocado: me he servido de la política para conseguir poder y dinero, para hacer negocios y satisfacer mi ambición. He dado un mal ejemplo a mis hijos: estoy profundamente avergonzado y arrepentido. Pido perdón a cuantos confiaron en mí. Acabo de entregar al fiscal la relación exhaustiva de mis cuentas y patrimonio, dentro y fuera de España: antes de entrar en la cárcel quiero devolver hasta la última peseta. Para colaborar con la Justicia, he pedido declarar ante el Juez todos los cómplices, intermediarios y testaferros de que me he valido. Al cumplir los 65 años, comprendo que ha sido una vida desperdiciada: dedicaré lo que me quede de vida a servir comidas en la Cocina Económica de Gijón”.

El veterano periodista gallego sonrió ante la pieza perfecta. ¿Querías unas palabras? ¡Pues toma momento histórico! El mail rasgó como un puñal godo la pantalla del ordenador de don Rodrigo.

El ex ministro de Aznar tachó la última frase. “¡Éste Ónega parece de Podemos! La Cocina Económica no tiene glamour, será mejor una ofrenda a la Virgen de Covadonga…”, y releyó el comunicado.

El ex director del FMI borró lo de colaborar con el Juez y los testaferros: se había equivocado, sí, pero no tenía por qué hacer daño a sus amigos. Tachó también lo del mal ejemplo a los hijos, no hay por qué meter a la familia en estas cosas. El discípulo aventajado de Fraga convino que bastaría con esbozar una lágrima en el momento oportuno.

El ex presidente de Bankia suprimió con algo de rabia lo de entregar al fiscal la relación de cuentas. “Tampoco hay que pasarse, ¿de qué voy a vivir los próximos treinta años? ¿Con una pensión de 400 euros?”.

Por fin, el ex vicepresidente primero del Gobierno de España retocó levemente la frase inicial y la leyó en voz alta, mesándose la barbilla, satisfecho: “Señoras y señores: Llegué a la vida pública para servir a mi país y durante este tiempo he antepuesto mi deber a mis intereses personales…”.

Aquello sonaba bien, se notaba la mano de Ónega: oprimiendo el botón Pujol, lanzó el remitido a las agencias de prensa. Luego, dio la vuelta al retrato de don Faustino, comprobó el saldo de la cuenta secreta para tranquilizarse y forzó de nuevo la lágrima, pero le salía con dificultad, tendría que ensayar más.

@ValentinCarrera
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Foto: Wikipedia