Feria del Libro de Ponferrada 2015

* “Nada duele tanto como un lugar al que no puedes volver, salvo desde el recuerdo o una vez muerto”.

* Siempre uno se arrepiente cuando ya es tarde de no haber dedicado más tiempo a hablar con los que más quiere”.

La cuestión es saber si podemos convivir en paz en este planeta entre nosotros, los humanos, con las demás especies y con la propia Tierra o por el contrario estamos condenados a nuestra autodestrucción. El debate es viejo y arduo: el mismo laboratorio que arrasó Hiroshima puede curar el cáncer.

Supongamos que tras construir la presa de las Tres Gargantas, un millón de chinos inocentes tienen sed. Un millón de gargantas secas de abuelos con sus nietos, hombres, mujeres, enfermos y sanos, niños recién nacidos o aún en el vientre de sus madres. ¿A quién le importa?

La construcción de la presa más grande del mundo, en el río Yangtsé, un dique de 2,3 km hecho con 28 millones de metros cúbicos de cemento, es la prioridad absoluta: desde el comienzo de los tiempos, la tarea del hombre sobre la tierra es domar a la Naturaleza, convertir lo salvaje en doméstico, no importa a qué precio. Si pudiéramos, encerraríamos los huracanes en pellejos, como Eolo, por Navidad nos regalaríamos a través de Amazon cajitas con trozos de rayos y relámpagos, y las naciones en guerra se bombardearían entre sí con huracanes, tsunamis y lenguas de lava ardiente.

La ingeniería avanza sin complejos, no nos perdamos en tonterías: ahí están los Países Bajos alzados sobre el nivel del mar, el cordón umbilical de Suez tajando dos continentes; y el de Panamá, abierto en canal. Si un río estorba, desviamos el curso. Si un acantilado molesta, se construye un dique ganando cien metros al océano: otro solar sobre el que vender apartamentos de lujo con vistas al mar en primera línea de playa. Todo en nombre del progreso, pero ¿cuál es el límite?

Vidas ahogadas
¿No nos importa la sed de un millón de gargantas cuyas vidas fueron anuladas, ignoradas, despreciadas, ahogadas bajo el agua del Yangtsé? ¿No nos importan las vidas de nuestras madres y abuelas, vecinas de pueblos ahogados como Vegamián, Campillo, Ferreras, Quintanilla, Armada, Lodares, Utrero, Camposolillo, anegados por el Porma; o en El Bierzo Bárcenas, que de puro fascismo interior pasó a denominarse Bárcenas del Caudillo?

¿Qué ha sido de estas vidas? ¿Qué ha sido de las familias arrancadas de sus casas y de los cementerios de sus antepasados y enviadas al destierro en nombre del desarrollo y los planes de regadío? ¿Qué llanto interior, qué desgarro, qué pesadillas, qué desarraigo, qué miserias hubieron de sufrir, colonos en tierras extrañas, alquiladas a la señora marquesa?

Y por último, una sola pregunta mirándonos a los ojos: ¿y si todo eso te hubiera ocurrido a ti y a tu familia? ¿Qué pensarías si en vez de Vegamián o Bárcenas hubieran anegado tu pueblo, tu casa, tu escuela, tu trabajo y las tumbas de tus abuelos?

Como Pessoa, el escritor Julio Llamazares practica el desasosiego. Sus libros son dolorosos. Hay cuentos, películas o canciones que te hacen reír o llorar, que aflojan las emociones o las afloran. Los libros de Llamazares las sumergen bajo las aguas sin piedad. Desconozco si el autor goza o sufre cuando escribe sus novelas y relatos –desde luego, con una prosa limpia y serena, trabajada–, pero tengo la certeza de que los lectores y lectoras de Llamazares sufrimos algún tipo de conmoción interna, un infarto cordial, una úlcera en la garganta, un by-pass en las arterias por las que fluye la memoria.

Distintas formas de mirar el agua [Alfaguara, 2015] contiene las respuestas sin formularse explícitamente las anteriores preguntas: “He leído la última novela de Julio Llamazares como en un rapto. Rendido a la honda cadencia de su prosa desde la primera hasta la última línea”, escribe el crítico Fernando Ontañón. El narrador, en estado de gracia, escoge un punto de vista tan sencillo como el huevo de Colón: una familia extensa (viuda, hijos e hijas, nietos, yernos, cuñadas) se reúne a orillas del pantano que cubre su pueblo para cumplir la última voluntad del abuelo: volver a casa, “polvo serás, más de tu pueblo sumergido, polvo enamorado”.

Antes de esparcir las cenizas, Virginia, Teresa, Miguel, Susana… esparcen la memoria de sus vidas, desgranan su monólogo interior. Ante los ojos del lector o lectriz pasan diecisiete existencias que podrían ser, que son, la tuya y la mía. Con la sobriedad de estilo de Juan Rulfo, Llamazares construye diecisiete formas de mirar el agua que son otras tantas voces creíbles, de carne y hueso, parientes próximos en tu agenda y en la mía. La materia narrativa de Llamazares es tan cotidiana que duele, porque todo son heridas abiertas: todos tenemos un tío que nunca volvió de la guerra, un hermanito que murió antes de tiempo (no lo tienes tú, pero lo tuvo tu madre), una nieta en paro, un yerno recién separado…

Leerás con dolor
Por esto les digo que leer a Llamazares duele, porque los personajes de su novela, Virginia, Teresa, Daniel, Alex y en especial Agustín, son personas de vuestras familias y de la mía; y eso es lo que me escuece: que este señor novelista que se supone ha de andar por ahí viajando, dando clases en universidades extranjeras y contando estrellas en Ibiza, ha venido a mi casa, se ha metido en mi cama, se ha puesto mis zapatillas y me está contando a mí la historia de mis abuelos, de nuestras casas y tierras abandonadas (a unos les expropió el embalse, a otros la vida, el cemento, la edad, el tiempo….). Te está contando a ti, cuando leas Distintas formas de mirar el agua, la sed que pasaron las gargantas de tus tíos cuando emigraron a Suiza, o el abandono a su suerte de los desterrados, colonos en Palencia o en Posada del Bierzo.

La lectura de Distintas formas de mirar el agua causa conmoción interior, porque estamos en presencia del milagro de la literatura, del verbo hecho carne. Es un dolor que cura, una lectura sanadora, porque el bisturí de la prosa de Llamazares limpia el pus de las heridas enquistadas por el silencio y los secretos de familia. Y todo ello sin dar lecciones de moral: la voluntad ética del autor está en su mirada. Otros hay que no ven o no quieren ver.

Los libros nos buscan
Distintas formas de mirar el agua es el primer libro de Julio Llamazares que compro: los cinco que he leído antes fueron siempre presentes de amigos y amigas que saben lo que regalan. Mi mujer y mis hijas me dedicaron Cuaderno del Duero que leí de una sentada en Tenerife el 29 de noviembre de 2001, “entre llantos de Alicia, baños de Sandra y bikini nuevo”. Paulino me trajo en el mismo envoltorio Escenas de cine mudo y los conciertos de Leonard Cohen, en la fiesta de Santa Ibisa. Carmen, premonitoria, me dejó bajo la almohada Tanta pasión para nada. Y como los lectores no buscamos los libros, sino que son los libros quienes nos buscan en el momento oportuno y nos encuentran receptivos, abiertos en canal, Marta Quiñones me regaló Las lágrimas de San Lorenzo, y he tenido que leerlo con el estómago encogido en un puño, a la luz de las estrellas.

Yo tampoco estuve en Ibiza, ni fui yo quien se deprimió en la oscuridad de Uppsala tras el divorcio, ni estaba haciendo planes mientras la vida de Lennon pasaba ante mis ojos. No soy yo quien fue a regar con la abuela María de madrugada y, sentados en un cajón, con el mango de la batedera entre las manos, oímos cómo se dormía el agua. No soy yo quien escuchó jadear de amor y placer a Carolina, y después, en la misma cala o en distinta cama, a Nicole, ni nos bañamos desnudos, ni estaba en Bilbao el día en que mi hermano Ángel se mató estrellando la moto contra un muro; tampoco he tenido un hijo, sino dos hijas, arrebatadas de mis brazos en flor; tampoco me han preguntado nunca, “—Papá, ¿por qué os separasteis mamá y tú?” o “—¿Por qué nos abandonaste?”. Mis amigos tienen padres con Alzheimer, “y solo la luna sabe con cuánto esfuerzo he caminado hasta este momento, cuánta energía he necesitado para poder seguir haciéndolo algunas veces, cuánta pasión he puesto en esta novela que es la vida de los hombres, en este caso de la mía”.

De la tuya, Julio, y de las nuestras: el paso del tiempo, los desengaños, el desamor, la memoria, la sentencia sabia de tu padre: “Nos pasamos la mitad de la vida perdiendo el tiempo y la otra mitad queriendo recuperarlo”. Porque “siempre uno se arrepiente de no haber dedicado más tiempo a hablar con los que más quiere y a tratar de entender sus sentimientos, pero eso siempre sucede cuando ya es tarde”.

Dormir con los peces
¿Entendéis por qué la prosa de Julio Llamazares duele? Porque nos recuerda algo que ya sabemos, o debíamos saber, o no queremos saber, “que el tiempo es lo único que permanece y que nos sobrevivirá cuando ya no estemos”.

Se ha muerto en Duruelo, a orillas del Duero, el abuelo de Pirracas, que era zapatero y muy dado a la lectura. Se han muerto, sepultados en el pozo, bajo la Colina del Diablo, los mineros de Olleros, y la mujer que te pidió aquel Cuento de encargo, y también Celan y Juan Rulfo, uno en el exilio político, el otro ¡quién sabe en qué exilio! Como se fueron antes Catulo y Homero, y antes o después las muchachas en flor a las que leías sus estrofas en Iasi o en Constanza. Solo la luna de Coimbra permanece y es la misma luna de Ibiza y de Sálvora, la que sigue brillando sobre Vegamián, donde el abuelo esta noche “dormirá con los peces”, bajo el manto de agua del embalse del Porma, capital de Región, mal que le pese al ingeniero Benet.

Como duermen con los peces el millón de gargantas chinas ahogadas en las Tres Gargantas, y los quinientos vecinos de Posada del Río y Bárcenas del Bierzo, que no del caudillo, y de los otros cientos de pueblos fantasma sumergidos bajo las aguas del «progreso».

De vez en cuando, con la sequía, asoma una espadaña de iglesia, o algunas ruinas en la cola del embalse, para recordarnos que es un lugar al que no se puede volver, salvo en la memoria, como nos enseña Julio Llamazares, o para ser comidos por los peces.

La voluntad ética está en la mirada: decidir si somos capaces de aprender a convivir en paz con la Naturaleza, íntimamente reconciliados con nuestra memoria y con el paso del tiempo; o si, por el contrario, hemos de vivir sepultados bajo las aguas del «progreso», como los peces del Porma, sin memoria.

 

@ValentinCarrera
Fotos de Vegamián y Armada antes de ser anegados: Historia de Vegamián
F. Ontañón: Memoria de un país sin memoria
Carlos Fidalgop: Juan Benet vuelve a Región
Julio Llamazares: El sueño de Juan Benet