Hartazgo, Pablo. Pesimismo, Pablo. Desilusión, Pablo. Eso es lo que percibo, lo que escucho en la calle, en el bar, entre amigos y amigas, en el ambiente. Te has pasado de frenada. No escribo para hacer amigos: esta humilde tribuna me ha granjeado enemistades y problemas. He descrito varias veces a Rajoy como el peor presidente de la democracia, como el más infame tapón y el más corrupto de entre los suyos, y lo mantengo. De Pedro Sánchez he contado que era más una marioneta movida por Ferraz que un líder con carisma propio, y los hechos certifican que la casta Susana lo tiene cogido por los huevos. Disculpen el lenguaje en horario infantil.

Cuarenta años votando a los perdedores, como una maldición bíblica; y si cambiaba mi voto, también esos entonces perdían, como un gafe. Saliendo a la calle contra las nucleares o contra Celulosas de Pontevedra (¡Si no revocáis esa prórroga de 60 años más en la ría, no os lo perdonaremos jamás, Pablo!). Cuarenta años en Galicia bajo gobiernos del PRI, con un mini paréntesis de triste recuerdo, un hilo conductor que va desde el pazo de Gonzalo Fernández de la Mora en Poio hasta La Moncloa. Cuarenta años de casta non grata en Pontevedra, y ahora que cientos de miles de gallegos y gallegas sueñan con asaltar los cielos (pero no los cielos del profeta, sino los cielos de Galicia limpios de humo y las aguas de las rías limpias de basura), ahora viene usted, Pablo, a joder la marrana.

No lo comparten sus bases y, lo que es peor, no se lo van a perdonar. Escribo esta autocrítica constructiva en voz alta: entiéndalo usted como quiera, desoiga a las bases, insulte a sus dos millones de votantes prestados para que vuelvan pronto al redil socialista o comunista, póngase el 15M por montera para hacer de la esperanza mangas y capirotes. ¡No es eso, no es eso!

He asistido a la segunda sesión de investidura el pasado viernes en Madrid. Una amiga pide un resumen rápido y se lo sirvo frío, con hiel picada hasta el borde: decepcionante. Pagaré a los colegas de las tertulias de TVG y Radio Galega las cañas comprometidas: aposté a que habría presidente y he perdido. Lo de menos son las cañas: viendo mi decepción, ellos mismos invitarán a otra ronda de consuelo. Lo de menos son las cañas y mi error de cálculo, mi inmenso error como analista, no se vuelvan a fiar de mis pronósticos. Lo de menos son las cañas, Pablo: es el país quien pierde. Mi apuesta era sensata: el insensato es usted.

Escuché a Pedro Sánchez hablar del gobierno del bien común y, aunque la letra era monótona, me gustaba la música, pero más me regustaba el extraño lenguaje facial de Rajoy, tenso y crispado. Viniste tú luego, Pablo, a relajarle el gesto, con tu Pacto del Beso: “A veces las discusiones más agrias, preceden a los acuerdos más dulces”. El beso de Judas.

Rajoy caduco, agrio, pasado (Rivera le llamó perezoso; aún peor, despreciativo, autista): hacía falta muy poquito para tumbarlo. Hay millones de personas en este país que no quieren irse a la cama con “los acuerdos más dulces”, ni tenemos el coño para ruidos con “las discusiones más agrias”. No queremos escenas de cama, sino caminar hacia un mundo mejor step by step.

No se confunda: no caiga en la simpleza de pensar que todos sus discrepantes son hooligans socialistas. Muchos caminamos por las aceras de la Transición con la nariz tapada; pero su apelación a la cal es tan inoportuna que hasta Ínigo Errejón, a su lado, no pudo reprimir la cara de asombro.

Con su maximalismo –no consultado con las bases de Podemos– pone usted en peligro alianzas de progreso municipales y autonómicas; provoca el reflujo de la Marea: en pocos meses Galicia decidirá su nuevo Presidente para la legislatura 2016-2020. Sin la unión de toda la izquierda -y toda significa toda-, ya puede usted ir felicitando de nuevo al señor Feijóo.

Le pagamos su sueldo para que se trague algunos sapos, no para que se cargue la esperanza: miles de votantes podemistas no se lo perdonarán. Miles de personas que aspiran, como durante la larga noche franquista, a no vivir otros cuarenta años más bajo la alargada sombra de Gonzalo Fernández de la Mora, cuyo fantasma habita en el Palacio de La Moncloa.

Supongo que este artículo, como los anteriores, me granjeará enemigos y listas negras; pero no he venido aquí a hacer amigos, sino a decirle a nuestros lectores y lectrices lo que pienso: Pablo, estás punto de segar las flores del 15M. Rectifica. No juegues con la ilusión de los yayoflautas. Llevamos esperando este momento cuarenta años y un día.

@ValentinCarrera
Ilustración: El abrazo, de Juan Genovés (1976)

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