No se puede desconocer la importancia de la lucha obrera y el papel revolucionario de los sindicatos de clase en la conquista irrenunciable de derechos de los trabajadores en todo el mundo. Las luchas obreras se han escrito muchas veces con sacrificios, costosas huelgas con cajas de resistencia, con solidaridad y con sangre. Sin el freno de los sindicatos y las leyes laborales que van consolidando los derechos conquistados, la tendencia del patrono al abuso ha conducido históricamente a situaciones de arbitrariedad, explotación y esclavismo.

En España, los sindicatos históricos UGT y CNT, y CCOO en los últimos años del franquismo y durante la Transición, representan ese inmenso caudal de la lucha obrera y han sido la vanguardia de los derechos humanos, han sido, en expresión bíblica, “la sal de la tierra”. Este es el nombre de una serie documental que hace años dirigí para TVG, “O sal da terra” una historia del sindicalismo gallego desde el respeto y la gratitud hacia quienes lucharon por los derechos de sus compañeros, como hicieron Amador y Daniel, asesinados en Ferrol en 1972.

Desde esta admiración y respeto, comprenderá el lector mi profunda decepción ante el espectáculo del sindicalismo actual, triste caricatura de sí mismo. Sindicatos que hace tiempo dejaron de ser “de clase”, burocratizados, escleróticos, copados por élites dominantes perpetuas (Cándido Méndez lleva 35 años en el machito y 20 de secretario general de UGT, seis veces reelegido, la última con una limitación de mandato que rige para los demás y de la que solo Méndez es la indigna excepción). Unos líderes de bolsillo domesticados por el poder que les paga cuantiosos sueldos y les corrompe.

Durante la II República, la UGT de Largo Caballero superó el millón de afiliados. Ochenta años después, la población laboral española se ha duplicado, pero UGT sigue estancada en un millón doscientos mil afiliados y bajando. CCOO tiene una cifra similar. En el mejor de los casos, los trabajadores afiliados a algún sindicato en España no llegan a tres millones [2.894.000 en el año 2010, Fundación 1º de Mayo de CCOO, Anuario 2012, p. 526]. Para una población de 22.883.000 trabajadores activos, según la reciente y desgraciada EPA (1T 2014), es fácil concluir que hay 20 millones de trabajadores en activo no afiliados a ningún sindicato. Si con un 20% de católicos practicantes pretendemos que España sea un país laico, con un 13% de afiliados sindicales, equis.

Los sindicatos actuales tienen un grave problema de representatividad social y laboral, un déficit democrático en sus castas perpetuadas por cooptación, y un problema aún más grave de credibilidad ante el reguero de mal uso de fondos públicos –cuanto más doloroso por ser necesidad imprescindible en formación-, y casos concretos de corrupción que manchan y salpican a toda la organización (y ante los que, con la pusilanimidad propia de un PPSOE, no han actuado con la mínima contundencia).

Justamente ahora, cuando la reforma laboral de Merkel tritura los derechos laborales, la crisis hace papilla los convenios y retrocedemos a salarios y contratos precarios anteriores al Estatuto de los Trabajadores; justamente ahora, cuando más necesarios serían en vanguardia, en la fábrica y en la calle, sufrimos dos sindicatos del Pleistoceno, dos paquidermos autistas, UGT y CCOO, conducidos por élites caducas, desgastadas, burócratas de despacho, sin ilusión y sin futuro. Solo un ERE de extinción en las castas dirigentes permitirá que UGT y CCOO vuelvan a ser algún día sindicatos de clase, vanguardia de los derechos de los trabajadores, la sal de la tierra.

Monterroso y el dinosaurio
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@ValentinCarrera