Imagino la gravedad del gesto y el respeto del embalsamador ante el cadáver: Mika Waltari escribió unas páginas bellísimas en Sinuhé el egipcio. Siendo niño asistí a la autopsia de un minero en un pueblo del Bierzo, a pie de cementerio: recuerdo el rostro circunspecto del forense tomando muestras, inspeccionando vísceras. Luego, también serio, llegó el Señor Juez y ordenó en silencio el levantamiento del cadáver. Nada que ver con esas series de tv de tercera categoría, repetitivas hasta la saciedad, en las que cada autopsia es una secuencia de Matrix: un espectáculo con ínfulas científicas.

La moda CSI ha cuajado: asistimos estupefactos a una autopsia permanente, la disección de un cadáver que se disputan ya muchos jueces y forenses: el bipartidismo. Tuvo bigotes y juergas en La Bodeguiya, fue temido y poderoso. Hoy huele tan mal que solo disputan sus despojos las hienas reidoras de colmillo retorcido.

No es un solo cadáver: es una peste, una legión de leprosos devorados por la corrupción: Urdangarín, Torres, Matas, Blesa, Bárcenas, Aznar, Aguirre, Blanco, Griñán, Sepúlveda… ahórrenme la penosa letanía, mires a donde mires, a cualquier periódico, a cualquier pantalla, están ahí; te vas al baño y cuando vuelves siguen ahí; descansas y cuando despiertas, siguen ahí; te vas un año sabático y al regreso, siguen ahí. Dinosaurios podridos.

Como en la Casa de la Muerte de Sinuhé, cada sacerdote tiene su especialidad: “uno trataba la cabeza del cadáver, otro el vientre, otro el corazón, un cuarto los pulmones…”. Este juez analiza las cloacas de las cuentas, aquel periodista disecciona los sueldos pestilentes de los consejeros, el otro toma muestras de la última deposición del Muerto para saber en qué pesebre comió la víspera.

Tan penosa autopsia del aznarismo, del zapaterismo, del bipartidismo, de una clase política desahuciada, se retransmite cada día en vivo y en directo. Con un garfio oxidado, Ramose saca por la nariz de Bankia el cerebro putrefacto y los aprendices se lanzan entre sí intestinos o excrementos, restos de la hipoteca, títulos preferentes, sobres sellados por Bárcenas con la puntita de la lengua, mails infames con la huella del delito. En los juzgados de la Casa de la Muerte se amontonan los cadáveres y el hedor es cada día más insoportable; es tanta ya la peste que hay pánico al contagio y el pueblo indignado urge piras funerarias.

Sabiendo ahora su debilidad y sus miserias, conociendo su infinita vanidad, su soberbia sideral, oliendo lo mal que huelen sus tripas, las tripas del poder, nos preguntamos asqueados cómo pudimos soportarlos. ¿Cómo fue posible tanto gusano en Génova o en Ferraz, en el vientre del Tribunal de Cuentas o en las letrinas del Palace?

Todo esto que nos está pasando no es más que la autopsia de la casta de los intocables. Faraones déspotas, pestilentes, pagados de sí mismos, que han convertido a España en la Casa de la Muerte.

Imagen: La ventana de Palike
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