Hace tiempo, pregonando en Ponferrada el Día del Libro, esas cosas que se hacen, propuse la apertura de Librerías de Guardia, para las urgencias del espíritu: ¿quién no ha sentido a medianoche la necesidad de una dosis de Borges o de meterse en vena unos versos de Kavafis o de Mestre?

Como todo lo que propongo, mi idea no prosperó; pero veo que el formato acaba de ser adaptado por una potente productora audiovisual, la multinacional Iglesia Católica S.A., para su próximo espectáculo, bajo la forma de Confesionarios de Guardia. Ya han instalado 200 en el Parque del Retiro, mucho peca la peña juvenil católica para necesitar tanto confesionario, porque se supone que son para autoconsumo de su grey, no esperarán que acudamos a confesarnos los del 15M ni los del Orgullo Gay.

Veo largas colas de jóvenes cantarines procedentes de los cinco continentes acudiendo contritos a confesar sus tocamientos y sus pensamientos impuros. Veo tras la rejilla de falsa madera al áspero confesor de aliento fétido, obsesionado por la prohibición y el control del sexo, su gran batalla, enfundado en su sotana, juzgando conciencias y vidas, administrando perdón y penitencias, dictando lo que es bueno y malo.

Lo que resulta tan insoportable de este “espectáculo, representación teatral, fenómeno de masas y culto a la personalidad del pontífice, sin apenas componente religioso y espiritual” –en palabras del teólogo Juan José Tamayo- es ese abuso, esa creencia de superioridad por la que los fanáticos pretenden imponer sus creencias a los demás. Solo ellos, los inquisidores, están en posesión de la verdad y son buenos a los ojos de Dios (ellos saben lo que piensa Dios): los demás vivimos en el error, como ovejas descarriadas, tal es su lenguaje soez y ofensivo.

Todo esto en una sociedad, España 2011, en la que según datos de la Fundación SM, apenas un 7% de la juventud española es católica practicante. Son tan invasores e hipócritas que a los demás, por defecto, nos incluyen en el saco de los “no practicantes”, como sin en materia de religión se pudiera ser no practicante. También yo soy deportista de élite y entreno ocho horas al día, pero soy no practicante.

Los demás, somos un insignificante 93% de almas perdidas y pecadoras, divorciados, abortistas y usadores de preservativos, oh condenación. Qué rancio, qué medieval y, sobre todo, qué poca caridad cristiana.

Foto Anxo Cabada.