A la memoria del doctor Joaquín Díaz

 

Querido Rodrigo: Feliz tú, que navegas como un gatito, como un embrión renacuajo, como un pez, en el océano dulce y calentito del vientre de Luisa, tu madre; feliz tú, que te alimentas y creces en un paraíso sin dolor y sin miedo, donde no existe el ayer y todo es mañana.

Has escogido para nacer el año sin primavera, y te esperamos con ilusión porque tú y todos los niños y niñas que vais a nacer en tiempos de coronavirus traéis al mundo la alegría y la esperanza, la certeza de que la vida sigue. La serenidad tan necesaria en estos días de desolación y pérdida, de incredulidad y tristeza.

Querido Rodrigo: te escribo para hablarte de tu abuelo Joaquín, a quien no podrás conocer porque se nos murió sin avisar, sin despedirse, sin necesidad y sin motivo, solo porque la muerte no espera a que nadie le abra la puerta, ella tiene todas las llaves. Todas, menos una: la memoria. Una peste mala se ha llevado a Joaquín, pero nada podrá arrebatarnos su recuerdo, su inmenso, benéfico y entrañable recuerdo.

Por eso te escribo, Rodrigo, para que un día no tan lejano ―quizás en la primavera del año 2035, cuando cumplas 15 años―, puedas rememorar la imagen de tu abuelo: recuérdalo como lo recordaremos siempre todos, con una sonrisa. Rubio y con cara de niño grande, de niño feliz.

Ese era tu abuelo: Joaquín Díaz Domínguez, el doctor Díaz de La Paz. A ver cómo te lo cuento yo, que aún eres pequeñito como un pez de oro y plata en el acuario materno: cuando crezcas, oirás muchas cosas del abuelo Joaquín, y todas buenas. Se nos ha ido el mejor, el más querido, el más necesario, porque la muerte es así de estúpida y ciega. Cuando la abuela Sara te deje entrar en el despacho del abuelo, verás un santuario de la ciencia, repleto de libros y diplomas colgados en la pared: Doctor en Medicina y Cirugía, Premio de Doctorado de la Fundación López Sánchez por su tesis, concedido por la Real Academia Nacional de Medicina.

¡La tesis!, Historia de la Cirugía Biliar en España, recuerdo cuando me la enseñó, orgulloso, con una carcajada sonora, “me han salido 800 páginas”, ochocientas hojas del árbol de la sabiduría escritas con el bisturí de la investigación erudita: no había nadie en España que supiera más de cirugía biliar, ¡y de otras muchas cosas!

Por ejemplo, de fotografía. Joaquín hacía las fotos como operaciones de vesícula, con la misma calma y meticulosidad, su amor por la perfección. Si te extirpaba el apéndice, en vez de una cicatriz, te hacía un encaje de Camariñas. ¿Cómo no quererlo? Los pacientes lo adoraban, se lo rifaban: salvó miles de vidas. Eso lo sabe todo el mundo en La Paz. Pero no salieron a despedirle cientos de compañeros y amigos ―con un aplauso inacabable, respetuoso, emocionado― solo por ser un cirujano eminente, que también, sino por ser una bellísima persona.

Sabía de fotografía, y con su amigo Ángel recuperamos miles de placas antiguas que depositamos en la Filmoteca de Salamanca; sabía de gastronomía, y era el mejor cocinero: las manitas de cordero que tomamos Sandra y yo hace un año en vuestra casa compiten con Arzak. ¿Y de Madrid? De Madrid lo sabía todo, porque era uno de los pocos madrileños de varias generaciones, enamorado de la ciudad, de su historia y tradiciones.

Madrid, la medicina, la fotografía, la pintura, la cocina, su moto, su jardín en la sierra… todo lo vivía con entusiasmo inagotable, ¿de dónde sacaba tanta energía este niño grande? Lo he visto llegar de hacer una autopsia en Córdoba, abrazar a toda la familia, sentarse a comer una fabada, contar media docena de chistes y acabar la comida con tres vasos de agua de reglamento. En una ocasión cambió por error el agua por aguardiente, y también se bebió el vaso de penalti sin inmutarse.

Si los convecinos de Carboneras le pedían el pregón de las fiestas de san Antonio, él no hacía un pregón de compromiso; hacía el mejor pregón de la historia de Carboneras, donde este verano, y cien veranos más, llorarán su ausencia. Como llora nuestra familia, huérfana, conmocionada: Joaquín era el médico, el consejero y el confesor de todos, siempre con una paciencia infinita, y créeme, Rodrigo, que los Diñeiro, Carrera, Pérez y Merayo somos unos pesados. Pero él tenía tiempo para atender a todos sus primos y sobrinos, a cualquier hora, domingos y festivos. Nunca olvidaremos su compañía reciente a la cabecera de mi padre, en sus últimos momentos. ¿Cómo no quererle, Rodrigo, cómo no llorarle?

Ese era tu abuelo, un sabio renacentista, a la manera de Leonardo da Vinci; y un médico humanista, digno sucesor de Ramón y Cajal o de Marañón, a quienes admiraba. Hablamos de don Gregorio el pasado verano, en la boda de tus padres, Luisa y Alberto, frente a los cigarrales de Toledo. A la hora del brindis, Joaquín nos habló del amor: “No es la cantidad, es la calidad. No me quieras mucho, quiéreme bien”. Y nos exhortó a ser mejores en nuestras vidas, más atentos a escuchar y a cuidar unos de otros, como él sabía cuidarnos.

Un niño feliz y enamorado: afortunado por tener a su lado durante cuarenta años a tu abuela Sara, su gran cómplice y valedora. Cuando ella le invitó al Bierzo por primera vez, el humanista madrileño también se enamoró del Bierzo. Como te pasará a ti cuando la abuela Sara te traiga a coger cerezas a Rimor o a comer truchas en Sobrado. Ese día dejarás de ser Rodrigo y serás para todos «Rodriguín».

Entretanto, gatito, pez, promesa, crece venturoso: en algún lugar del universo, tu abuelo Joaquín vela por ti. La primavera avanza.