[José Antonio, primero por la derecha, con unos amigos en los años setenta. Web Colegio San Ignacio]

Del centenar de maestros y profesores, desde las primeras letras hasta el doctorado, agradezco a todos lo mucho o poco que aprendí o me enseñaron; pero apenas media docena dejó una huella indeleble. Uno, que orientó mi vocación de periodista, llevaba décadas anotado en mi agenda cual cita pendiente, “cuando vaya a Madrid, tengo que llamarle”, hasta que días atrás, decidido de una vez por todas, pedí su teléfono al amigo Gundín:
-José Antonio murió hace años –fue su respuesta desconsolada y mi sorpresa triste.

Desconozco qué estaba haciendo yo el 29 de julio de 2005, pero la muerte de mi profesor José Antonio Carro Celada me pasó inadvertida. Nadie me la comentó, ni se mencionó en conversaciones amigas; me extraña tanto extrañamiento y olvido en alguien tan afectuoso. Me extraña más cuando me detengo a considerar quién fue Carro Celada y qué huella nos dejó, y de pronto aparece su firma con suave presencia en todos los rincones de mi archivo; estaba ahí, nunca dejó de estar cerca y ambos lo sabíamos.

Cientos de chavales ponferradinos lo recuerdan con afecto. José Antonio Carro Celada fue en el colegio San Ignacio y en el Instituto Gil y Carrasco el profesor que cautivaba a toda la chiquillada en aquellos años rancios y difíciles, de represiones y confesionarios fétidos. Él, sacerdote y profesor de religión, no confesaba: escuchaba, comprendía, haciendo gala de una gozosa capacidad pedagógica, buen sembrador. Le debo personalmente mis primeros pasos en el periodismo: he rescatado de la hemeroteca El colmo estudiantil, editado en el Instituto Gil y Carrasco en marzo de 1974, hace cuarenta años. Formábamos el consejo de redacción Miguel Nava, Javier Merlo y el que suscribe: ¡el primer artículo era de Carro Celada!, una reseña de la revista Bergidum, primicia de la Historia de la prensa leonesa, sobre la que ya estaba investigando, que andando el tiempo fue su libro más conocido y sigue siendo obra de referencia del periodismo leonés y berciano.

Contar con la prestigiosa firma de Carro Celada en aquel panfletillo adolescente -impreso a ciclostil en el instituto, vigilados por el bedel y bendecidos por el jefe de estudios, don Aniceto-, era un lujo, un punto de apoyo sobre el que mover mi mundo: la vocación que entonces supe temprana, guiada por la sonrisa del profesor que amaba la palabra. 1974: no volveríamos a vernos. Aquel verano yo me fui a la universidad y José Antonio recibió el golpe más duro, la muerte en accidente de tráfico de su hermano Esteban, también escritor.

Pero seguimos caminos cercanos y nos reencontramos en páginas amigas: abro el número de junio 1975 de la revista León –en la que Carro escribió asiduamente, casi siempre de música, de teatro o de su querida Astorga, de la que es hijo predilecto-, y veo que nos miramos a los ojos: Carro firma en la pág. 20 el poema Alaridos de ergástula y yo en la página contigua un recordatorio a Enrique Gil.
Sigo rastreando sus huellas y nos topamos diez años después en uno de esos suplementos de las fiestas de la Encina –dirigido por Ricardo L. Témez– que hacía la prensa antes de existir la web, cuando los periódicos se sabían intemporales y eternos, y ya ve usted. Allí aparece publicado, pero sobre todo injustamente olvidado, un artículo que es pieza preciosa de Carro Celada sobre su niñez berciana en el Valle de Finolledo, Albares de la Ribera, Vega de Espinareda y Cacabelos, donde tenía orígenes y familia: “Allí los días eran vegetales, allí en El Bierzo la niñez era un fruto jugoso y azucarado, una enciclopedia con hojas de árboles, en la que aprendía la lección de la naturaleza que creo que ya nunca voy a olvidar”. [La enciclopedia berciana de mi niñez, Diario de León, 8-9- 1983].

Luego José Antonio se fue a Madrid, donde realizó una brillante labor como periodista en la Conferencia Episcopal y director de la revista Ecclesia, escribió ensayos religiosos –La Virgen en Lope de Vega, o Jesucristo en la literatura española e hispanoamericana del siglo XX-, y conservó siempre su vinculación con el periodismo y la cultura berciana, con frecuentes colaboraciones en la prensa leonesa y astorgana, con quien tanto quería, o con la revista del Instituto de Estudios Bercianos, del que es socio de honor.

Nos escribimos alguna vez, pero no volví a verle. Nuestra cita pendiente se retrasó más de la cuenta y se fue antes de tiempo, a los 65 años, discretamente, como había vivido.

«Quiero hablar -escribe César Gavela en un sentido y bello artículo- de la luz que José Antonio Carro Celada esparció en Ponferrada y el Bierzo, en aquellos años 60 y 70. Recordar cómo pronto se convirtió en un mito accesible: el de aquel cura guapo, soñador y poeta que publicaba libros, que enamoraba a las chicas y que fascinaba a los chicos.»
“Era un magnífico conversador que sabía de todo pero que no se vanagloriaba de nada”, escribe su amigo Eloy García Díaz, quien recuerda un episodio significativo, su solidaridad con los mineros de su tierra: “El 25 de marzo de 1992 fuimos a recibir a los mineros de Laciana a la entrada de Madrid. Pienso en aquellos hombres cantando Santa Bárbara bendita junto al Arco de la Victoria y siento aún una sacudida de emoción y de ira.” Solidario con los mineros, un cura distinto y, además, poeta, tan desconocido como sorprendente, quiero recordar esta estrofa de su poema Erosiones humanas en Las Médulas:

Sólo nos queda abrir en la sorpresa de la tarde
un árbol para que brote, para que eche raíces,
para que sepulte su girasol de rápidos destellos,
porque esta luminosa persecución de paisaje letal
nos lleva irremediablemente seducidos.

Poeta de la sonrisa, la muerte temprana interrumpió su trabajo sobre la obra completa de Leopoldo Panero, “vivir, vivir como siempre, vivir en siempre y amar, traspasado por el tiempo, las cosas en su verdad”. Hoy recuerdo al periodista generoso, al cura progresista, al profesor comprensivo; y descubro con respeto, y comparto, la voz clásica y contemporánea del poeta ausente: José Antonio Carro Celada, berciano de Astorga, maragato antiguo. La cita se ha cumplido.


* Eloy García: Cinco años sin Carro Celada

* Breve antología poética

* La enciclopedia berciana de mi niñez

* Colegio San Ignacio de Ponferrada

* La Gaveta, de César Gavela

* Ensayo: La escuela de Astorga [Tierras de León]