Cuenta la leyenda que el lago de Carucedo se formó con las lágrimas de la ondina Caricia, enamorada del pretor romano Tito Carissio, que andaba por allí robando el oro de Las Médulas.

O tal vez Caricia era una joven berciana, hermosa y resalada, como nos gusta imaginarla, y Carissio la rondaba a deshora, así que ella se puso a salvo ocultándose en una pequeña barca de remos, entre las nieblas del lago. Carissio, loco de pasión, acudió a la orilla por entre los juncos y zarzales, bajando según se va desde Orellán hacia Borrenes, y depositó sobre la barca mil diminutas pepitas de oro. Un soñador, aquel Carissio, y un imprudente.

¡Mil diminutas pepitas de oro! La barca se hundió. Eso no lo cuenta la leyenda ni viene en Google, pero lo saben todos los niños y niñas de Ponferrada: si pones mil diminutas pepitas de oro, por muy diminutas pepitas que sean, en una barca de madera, la barca se hunde.

Y mientras la barca se fue al fondo, una voz de trueno bramó: “Cuando las mil pepitas sean rescatadas del lago, la ondina Caricia volverá a vivir”. Hay quien no cree estas cosas; incluso hay desconfiados que no creen en el Mago Chalupa ni en los Reyes Magos; allá cada cual, las sirenas y las ondinas solo son visibles a los ojos de quienes creen en el amor.

Lo cierto es que mientras los heroicos montañeros subían su belén a Catoute, un grupo de poetas nos hemos acercado a Lago y, con ayuda de las garzas y avefrías, estamos rescatando las mil pepitas de oro. Llevan un mes las garzas sacando bolitas de nácar en el pico; hemos montado para abrigarnos una jaima, con tés, galletas y bombones, y unas tejedoras muy habilidosas, aprendidas en el telar de Santalla, ensartan las perlas en un hilo de seda y están tejiendo el traje de gala para devolver la vida a Carisia.

Todo esto es tan cierto como que el .primer hombre que llegó a la Luna era una mujer, aunque a los de la NASA les cueste reconocerlo.

[para Gisela]
Foto Quinito
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