Parece una maldición bíblica, y quizás lo sea, “Quemarán la tierra, envenenarán los pozos”, pero es un poema del libro Como mirar un paisaje, de Pablo López Carballo (Cacabelos, 1983), que os invito a leer en la preciosa colección Encuentros Antonio Pereira, que dirige Ester Folgueral. “Ya nadie dice Castilla sin amontonar piedras. No saben nada de la niebla y el silencio que hasta los pájaros atienden”.

Leo los versos de López Carballo entre noticia y noticia que siembran nuestra vida de alarmas sobre la ola de calor que nos amenaza con el fuego del infierno. Alarmas que fulminan niños y ancianos, o que invitan a fabricar abanicos de papel en boca de un consejero-basura. A mí me invitan a reflexionar, pues más allá de la música del telediario, en materia de calor y frío (como en los demás órdenes de la existencia), todo es relativo: se lo digo yo, que acabo de regresar de la Antártida y he sentido el aliento del dragón glacial.

La ola de calor debería hacernos pensar. Para algunos, esto no pasaba hace años, cuando éramos niños (¡vaya que sí pasaba, pero la memoria es afortunadamente selectiva!); para otros ha de ser cosa del dichoso cambio climático. No es tan sencillo. Si no queremos parecernos a Trump, tengamos el rigor de apartar las explicaciones fáciles. Los cambios del clima son fenómenos que operan a muy largo plazo: millones de años. No se inquieten, no estaremos aquí cuando cuaje la próxima glaciación, ni está en nuestra mano cambiar el curso del tiempo. Si la Tierra se encamina hacia una nueva glaciación, nuestros huesos tienen una cita con la Edad de Hielo dentro de 50.000 años. Como diría Pedro Sánchez, con palabras de Julio César, cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente. ¡Carpe diem!

Cosa bien distinta es que la acción humana está en condiciones de producir cambios locales y globales concretos, por primera vez desde que tenemos conocimiento de la historia y evolución del planeta. Después del Terciario y el Cuaternario, del Paleoceno y el Pleistoceno, estamos en una nueva era: el Antropoceno.

Por primera vez, desde que el ser humano tiene consciencia de su paso por la Tierra, nuestra civilización está en condiciones de alterar el curso de la historia geológica y climática, de producir un cambio global. El Antropoceno —término propuesto por los Nobel Crutzen y Stoermer en 2000—, se caracteriza por una presión de la humanidad sobre los recursos del planeta desconocida hasta ahora. Somos más de 6.700 millones de habitantes carnívoros consumiendo agua, alimento y energía a un ritmo demoledor y desigual. La necesidad de pastos y plantaciones transforma extensas áreas de bosque en zonas de cultivo, altera los ecosistemas regionales y afecta al conjunto del planeta.

Aunque las temperaturas están cambiando, la cuestión no es que sintamos más calor que hace 30 años o 60 años —en esa escala es irrelevante—, sino que ha cambiado, ¡y cómo!, nuestra manera de relacionarnos con el calor y el frío, nuestro modo de producir, consumir o economizar energía. Sin tener aire acondicionado, las casas de nuestros abuelos estaban mejor preparadas para soportar el calor; y sus costumbres de vida y trabajo se acomodaban al ciclo anual. Yo he ido con la abuela María a las cinco de la mañana con una batedera a regar el huerto del Moreo; pero a las dos de la tarde, la casa fresquita acunaba la siesta, gran invento, el fresquito y la siesta.

Hoy simplemente ignoramos el clima: la vida continúa a ritmo infernal caiga quien caiga. Cuanto más calor hace, en vez de sosegar la actividad y escuchar a la Naturaleza, adoptar las costumbres antiguas, acompasar el paso, seguimos a todo trapo, febriles: ¡más potencia al aire acondicionado!, y se llenan los apartamentos y las terrazas de millones de aparatos que consumen desaforadamente y solo producen una cosa, más calor.

Este ejemplo, de tantos que están en la mente de todos, ocurre mientras en ese mismo entorno de nuestros pueblos y ciudades cada vez hay menos bosques, más cemento, menos verdor, más cenizas, menos humedad, más sequía, menos biodiversidad, más plástico, menos fauna y flora, más asfalto. Más calor, más calor, más calor.

Lo producimos nosotros: todo lo que nos rodea gasta energía y desprende calor, empezando por el frigorífico y el aire acondicionado. Nuestra sociedad se ha instalado en la cultura del confort (en invierno la casa y el coche a 26º, o más si tienes el bono de ENDESA; en verano a 18º), sin evaluar el coste energético de estos lujos, con frecuencia caprichosos. En vez de abrigarnos, sube la calefacción, Maruja. En vez de sosegar la actividad, pon más fuerte el aire, Manolo.

No podemos cambiar el curso de las eras geológicas, pero sí podemos revisar nuestras conductas devastadoras con el planeta. El agua es un bien escaso para millones de personas, y empieza a serlo entre nosotros: esos montes que se queman envenenan nuestros ríos y fuentes, ya lo avisó el poeta: “Quemarán la tierra, envenenarán los pozos”. Todo el ciclo está enloquecido. Y estamos solo al comienzo del Antropoceno. En vez de quejarnos del calor, quizás debamos reflexionar sobre nuestro modo de vivir, inconscientes, de espaldas a los bosques, de espaldas a la vida. ¡Arriba las ramas!

 

Más información: Cambio global. Impacto de la actividad humana sobre el sistema Tierra, Carlos M. Duarte (coordinador), CSIC, 2009.