―Fragmentos inéditos de los 100 días confinado en la isla de El Hierro

―La línea del horizonte es perfecta: aquí ensayaron los matemáticos la medida del infinito.

Podría decirles sin faltar a la verdad que vine a la isla de El Hierro para trabajar en un proyecto de medio ambiente y sostenibilidad; pero como no van a creerme, les diré la otra verdad: la culpa fue de unos ojos verdes, verde mar, verde esmeralda, verde saturna, verde esperanza, verde que te quiero verde.

El billete de vuelta caducó en el aire sin aviso previo y una pandemia inesperada convirtió la visita de una semana en 100 días felices frente al mar, en el corazón del volcán. Al escribir estas líneas soy muy consciente de mi buena estrella y tengo muy presentes a todas las personas cercanas o extrañas para las que han sido los cien días peores de sus vidas. Solo puedo compartir su dolor y su tristeza y darles ánimo y aliento.

En estos 100 días en El Hierro nos ha crecido una nueva familia: Ramón, Laura, Xermanciño, Teresa, Lupe, Pepe, Celso, Eva, Ángel, Elena, Grillo, Maloy, José Carlos. Nos hemos conocido saludándonos cada tarde, tras los aplausos, de balcón a balcón; y luego, conversando poco a poco, abriendo las puertas y los corazones, ya para siempre sellados por la amistad: un inesperado regalo de la maldita pandemia. Vayan, pues, dedicados a Ustedes, mis-niños ―así habla la maravillosa gente canaria― estos fragmentos, escritos durante un sueño del que no quiero despertar. Y también para Ali, mi-niña, que me ha llevado a vivir a su planeta.

 

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