Les suplico que sean benevolentes con mi desconcierto: no entiendo nada de lo que está pasando. Inicio el curso literario-político-bloguero 2019/2020, en este lunes de la Encinina —pasada la Encina, el invierno encima—, con una frustrante mezcla de perplejidad y hastío, además de mucha indignación y cierta sensación de fracaso e impotencia.

Durante años ejercí de analista político sabelotodo en tertulias de radio y televisión. Hoy no sería capaz de hacerlo; cuando veo a los tertulianos actuales devanar la madeja y dar vueltas a la noria de agosto para no decir nada nuevo, es como si mi propio pasado me abofeteara.

Los medios de comunicación llevan tres meses repitiendo las mismas preguntas a los mismos pesadísimos portavoces y portavozas, que repiten cansinos las mismas letanías y argumentarios de partido, con una indigencia intelectual y ética digna de Trump, Bores Johnson y Salvini, las tres joyitas juntas. Lo peor ya no es el desgobierno, sino la desmovilización, la apatía y el hartazgo. El hartazgo de la política, algo muy, pero que muy de derechas, gracias a la egolatría y el cainismo de las izquierdas.

Solo hay un remedio hasta que haya fumata blanca en el Vaticano de la Moncloa: apagar la televisión —siempre nos quedarán Netflix y Filmin—. De paso, nos ahorraremos el nauseabundo espectáculo de los buitres carroñeros revoloteando sobre el cadáver de una famosa deportista, cuyo derecho a la intimidad (y, si así fuera, su derecho al suicidio) es fusilado cada mañana en el paredón de plasma. Lo dicho: luz de gas a la bazofia en televisión y en política, que hay miles de obras fantásticas que ver, leer, escuchar, contemplar, gozar, incluso pensar. Deberíamos ser mucho más exigentes y selectos: si comes basura, cagas basura; si consumes televisión o política tóxica, te intoxicas.

Menos mal que mis cuatro cuñados y cuñadas me han ayudado a resolver los problemas del país…

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