Acabo de regresar de un retiro friki por el que andaban tres cincuentones con un cartel al pecho: “Se dan abrazos gratis”. Me he dejado abrazar por ellos y, créanme, es muy gratificante. Deberían recetarlo por la Seguridad Social; en vez de médicos que ni te miran y examinan tu dolor en la pantalla informática, un doctor o enfermera que al entrar en la consulta te estrecharan con amor:
—Coño, don Andrés, otra vez por aquí, ¡qué gusto abrazarle de nuevo!
Sería sanador y ahorraríamos en aspirinas.
Un concejal que cuando llegaras al ayuntamiento con la calle sin asfaltar y la basura sin recoger, te ciñera al instante:
Doña Maruja, ¡cuánto bueno verla! ¡Venga ese achuchón!
O el guardia civil que te pilla con una copa de más y, antes de multarte, dice sonriente:
—Va a tener que soplar, caballero; pero antes, baje, que quiero darle un abrazo.
El banquero que, al entrar en el Santander a pedir tu crédito emprendedor-pyme, de esos que ahora regalan a troche moche, saliera tras la ventanilla y aflojase desenfadado el nudo de la corbata:
—Querido cliente, ¡a mis brazos! ¡Permítame que le besuquee en nombre del Sr. Botín!
Qué placer y qué regocijo mutuo. Doña Elvira, con sus canas de Manacor, abrazada por el cura o en caso de mucha necesidad por el sancristán, no más entrara a la parroquia:
—Le abro mis brazos, la estrecho contra mi pecho, la apretujo un poco. ¡Déjese querer, doña Elvira, que la piel todavía le transpira!
Y comprender que en el sofoco de doña Elvira iba ya la confesión, como en el pecado del desamor va la penitencia. En vez de desear a la mujer del prójimo, abrazarla; en la pescadería darse un estruje, un cariño en la cola del paro, un bocadillo de mimos tres veces al día, desayuno, comida y cena.
Palpar seres humanos. Sentir que los ojos te hablan y el tacto rosa te desarma. Averiguar que bajo el celofán de zara, estamos desnudos, ¿o qué se creía usted, señora?
Perder el miedo y la hipocresía, reírse del qué dirán y de esas “buenas costumbres” que no son tan buenas, y mostrarnos como somos: desnudos, débiles, frágiles, indefensos, necesitados de abrazos.

La Nueva Crónica, 20 de julio de 2014
Foto: Mural de París, de Carmen Rosa Carracedo.
[Para Manolo, Felipe y Pepote]
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